Por Eduardo Grenier
¿Quién dijo que la gloria estaba lejos, cuando el maestro decidió apartar sus destinos de la yerba del Olímpico? ¿Quién le llamó loco, incoherente, incauto, cuando dejó en el final del reglón una historia de fidelidad con el club de su vida? Habría que ver, entre dioses y mortales, quién tiene la razón.
Habría que ver, porque en el zócalo del fútbol, Daniele tiene sitio reservado. Y porque la gloria, en todo caso, guarda sus llaves en un suburbio bonaerense, en algún recoveco del barrio de la Boca, entre bufandas azules y amarillas y frascos olientes a mate.
De Rossi no está loco. Cómo rayos habría de estarlo un tipo cuya principal virtud es, precisamente, la sobriedad. Irse a Argentina a concluir su carrera le impregna a su grandeza un fragor de humildad innecesario, pero laudable. Regalará su fútbol a los chiflados que cada domingo van a dejarse la garganta en la Bombonera, a llorar por Boca y hostigar a las gallinas, a encontrar en el fútbol la panacea a sus males. Los pibes entonarán su nombre y luego querrán dejarse la barba amarilla para imitarlo.
Muchos pregonan sus pasiones. Pocos las persiguen. Devorar miles de kilómetros en busca de una nueva aventura es algo demasiado infrecuente. Eso de ganar poco crea alergias. Sin embargo, en la casa de Maradona, entre los arcos de Gatti y las siluetas de las grandes jugadas de Riquelme, brillará uno que llega a Boca siendo grande y no sale de Boca para ser grande. Pequeñas diferencias. Es una historia más linda de lo que parece. Vos sos el fútbol, Daniele. En argentino, en italiano y en musulmán. Tu sei il calcio. Porque nos da la gana.