Por Raúl Hernández
Jesús Gil era un tipo pintoresco, capaz del espectáculo más surrealista. Hombre de extrema derecha al punto del más abierto enaltecimiento a la figura de Franco, y de convertir Marbella, donde ganó varias veces la alcaldía, en refugio de exiliados fascistas de toda Europa.
El del Burgo de Osama supo guardarse de todo menos la lengua, escondió centenares de millones de pesetas de fondos públicos en su cuenta, pero no pudo aguantarse a llamarle ‘puta’ a una consejal del PSOE en medio de un pleno municipal.
Acaparó un club para el solito (El Atlético de Madrid) y murió acusado de ello en el Tribunal Supremo de España, sin embargo, jamás se cortó la lengua para llamar ‘jinetera del periodismo’ a Carmen Rigart, periodista de El Mundo y a la sazón esposa del célebre Antonio Casado.
El díscolo personaje no tuvo aptitudes para la sobriedad. Jamás se le vio andarse con medias tintas. Acusado de todo menos de mesura. Y hasta alguna trompada lanzó, en más de una ocasión, a contendientes del fútbol y la política. Pero no era tonto. Aunque aparentemente torpe, el showman tenía todo bajo control. O casi todo.
Alguna tarde se le vio presumir de aquel jovencito menudo al que proclamó como futuro buque insignia de los rojiblancos. ¿Y cómo iba a serlo aquel que mintió en cuanto a su edad para inscribirse en el infantil de la cantera atlética, si con 11 años se lesionó de gravedad la pierna derecha?
El pequeño genio heredó de su padre el profundo antimadridismo y estaba dispuesto a triunfar en el fútbol. Por eso cambió su pierna hábil, y rompió defensas y redes. Y se armó de la insaciable sed de ganar.
Pero el destino es caprichoso y se empeña en descolocar presagios y lineales desenlaces. Resulta que el díscolo decidió eliminar las categorías inferiores y la estrella quedó en la calle de un tirón. Fue entonces, dando vueltas, cuando llegó a las puertas del odiado rival.
Un par de años más tardes, en el ocaso del 1994, ya marcaba su primer gol en primera con el Real Madrid, nada menos que a su antiguo equipo, una semana después de su debut de la mano de Valdano. No sabía en ese entonces que tendría, más temprano que tarde, el Bernabéu a sus pies.
En un par de temporadas y al otro lado del océano, el jovencito que un día fui buscaba entre las páginas de los diarios sus hazañas entre los goleadores, naciendo, por la mera afinidad de compartir las cuatro letras de Raúl en el nombre, un amor incondicional al club y al evangelio que lo bautizó como su Ángel.
Es de nobles agradecer. Por eso me permito estas letras de eterno agradecimiento a Jesús Gil y Gil. Por aparecer ahí con tus cosas. Sin ti, tal vez, todo fuera distinto.