Por Zéner Caro
Acabo de bajarme de una guagua. Nada reseñable, pensarán. Reguetón, olores, horrores y el más reciente ingrediente del ajiaco de Don Fernando: las “fanboyadas” futboleras. “El mío es mejor que el tuyo”, “pechofrío y el bicho”, “el monstruo”, “ese nada más gana con su club”. Pero un chillido en particular me hizo cambiar el tema de mi columna de lunes… “fútbol es lo que hace el mío, el tuyo es una porquería”.
Intuyo por alguna forzada audición en trayecto almendronero por las calles habaneras, que la expresión de marras vino copiada de la omnipresente cosecha malumera, pero su esencia es la de muchas de las discusiones futbolísticas en la Cuba abigarrada e interconectada de hoy.
Debates que tienden inevitablemente a la polarización, al duelo de contrarios en el que no se usan argumentos sino piñazos. Disputas que se trasladan a las redes sociales y que hacen de ciertos fragmentos del ciberespacio futbolero nacional verdaderas plazas de toros, donde los que tienen opiniones intermedias pierden irremediablemente el rabo y las orejas.
Esta “guerra” de opuestos no es nueva en la particular galaxia del fanático cubano del fútbol. Cuando apenas éramos unos pocos los que veíamos más balones que bates, las dicotomías ya ocupaban nuestras batallas verbales. Maradona o Pelé, Brasil o Alemania, el “Expreso” del centro o los verdes pinareños. Y desde Heráclito hasta Chocolate, el ser humano ha jugado a valorar cada cosa en oposición a su contrario: salud-enfermedad, riqueza-pobreza, juventud-vejez, subiendo-“bajanda”.
Pero, ¿no nos estamos yendo demasiado lejos? ¿No podemos disfrutar del propio sin calumniar al ajeno? ¿Solo vale “lo mío”? El antagonismo entre estrellas, las pugnas mediáticas entre directores técnicos, la exacerbación de la rivalidad en los derbis, son apenas meras piezas del decorado del negocio-espectáculo más rentable del Olimpo deportivo.
Venden más camisetas los “cracks” que tienen su propio némesis que aquellos que sonríen a las cámaras y alaban el talento del rival. Nunca fue Guardiola más mediático que cuando llamó “puto amo” a su querido José, en una conferencia de prensa más enfilada a la adrenalina de los suyos que a los oídos del impertérrito Mou.
Cuando la pasión nubla la capacidad de entendimiento, el fútbol deja de ser objeto de hedonismo y contemplación para convertirse en otro entretenimiento vacío, efímero, vulgar.
Un trallazo a puerta suele venir antecedido de una asistencia clarividente, de un pase entre líneas, de un tipo que pensó primero que el ejecutante final. En Segunda Jugada buscamos eso, el gol y la maniobra que lo antecedió. Para blanco y negro, la fotografía. Y para enemigos íntimos, Sabina y Páez.