Por Magol Valdés
Gareth Bale constituye el más inmediato y referencial ejemplo de la inexactitud que caracteriza al fútbol. El jugador galés representa como pocos la incomprensión que genera un deporte asociado erróneamente a los atributos individuales.
Sus visibles rasgos de jugador total jamás argumentarían su intermitente carrera profesional. Bale ostenta unas cualidades atléticas innegables a la par de una enorme incapacidad para hacerlas explotar como un todo. Sus elevados estándares de potencia, velocidad, pegada, salto y remate han sido fichas de un rompecabezas raramente armado de manera correcta por su poseedor.
En términos culinarios, diríamos que el nacido en Cardiff muy pocas veces ha encontrado su punto exacto de cocción. Pienso en Bale y visualizo una paella con muy mala terminación, una amalgama imprecisa repleta de ingredientes altamente calificados.
Algunos argumentan su intrascendencia con base en sus recurrentes lesiones. Otros acuden a las justificantes de siempre, una cabeza mal amueblada o un corazón de hielo. Habrá quienes, sencillamente, acepten la incompetencia del galés para interpretar este juego o lo que es peor, su evidente aversión a disfrutarlo.
El caso de Bale nos demuestra que el talento solo constituye la materia prima, el producto final depende de capacidades invisibles pero demostrables; un tal Raúl podría hacernos un par de cuentos al respecto. Me pregunto si en esta vida todo tiene que ver con los sueños y la energía con la que cada cual se lanza a por ellos.
Para entender a Gareth, habría que determinar hasta qué punto la pasión se ha ido comiendo a la profesión, si sueña con estadios de fútbol o terrenos de golf, si se imagina conquistando un Mundial con Gales o un Másters de Augusta, si se siente pleno pateando balones o empuñando un putter, si sonríe cuando marca un gol o logra un birdie.
Todos aquellos que -ante la falta de atributos- vivimos un tanto frustrados por no haber cumplido nuestras fantasías, nos hemos cruzado alguna vez en la calle con un tipo como Bale, le hemos mirado con desdén y pensado: «¿Por qué no habré nacido yo con esas condiciones?» Seguramente el galés pensaría lo mismo si se encontrara en cualquier esquina de este mundo con Tiger Woods.
Sospecho seriamente que Gareth no ha aceptado ninguna oferta para marcharse del Madrid -a pesar de la amenaza de banquillo en su horizonte- porque sería imposible trasladar el coqueto campo de golf que construyó hace algún tiempo en el patio de su casa, en donde cada vez que tiene una oportunidad juega unos hoyos, sueña y es terriblemente feliz.