Por Eduardo Grenier
Imaginen la escena: Wayne Rooney una tarde cualquiera de agosto, bajo el sol del mediodía, intentando correr tras un balón en la cancha del Marrero. Va con el peso del hastío encima de sus hombros, camiseta empapada de sudor y el césped casi rozándole los tobillos.
La música de las comparsas truena en sus oídos y el rostro del Bad Boy quiere estallar en su rojiza agonía. No es su hábitat. Sería como ver el humo de un habano jodiéndoles la vida a tres o cuatro señoras finas, sentadas con sus pamelas y sus flores, bebiendo té a las orillas del Támesis.
No son más que anomalías de la vida, un par de diferencias de geografía y tradición, casi tan exóticas como ver a Onel Hernández, mulato de baja estatura, pelo estrujado y acento confuso, en medio de un Carrow Road frenético. La imagen vale un potosí: apenas logra esconder sus instintos cubanos y participa del dislate futbolero muy a su forma, tan caribeña y, por consiguiente, tan poco inglesa.
Hace algunos años, quizás diez, uno de los canales públicos en Cuba transmitía un programa dedicado al fútbol. Gol, se llamaba, y era una especie de liturgia que reunía los sábados a las 12 del mediodía a un buen número de devotos frente a la pantalla.
El espacio llevaba a los televidentes lo mismo al Palmeiras, que a la Juventus o al Arsenal. El aficionado tenía derecho a un partido semanal y además diferido. Pero la gente se las arreglaba para saber más entre tanta carestía informativa. Si eso no es amor…
Eran tiempos de ilusiones borrascosas. Tiempos de utopías. Y las utopías solo pueden ser rotas por el calendario, ese que una década después dice que habrá cada fin de semana, si las probabilidades no quedan en la estacada, un jugador nacido en Cuba codeándose con los mejores del fútbol, en el país donde nació el fútbol.
Atentos, creyentes del fútbol manigüero, eternos mendigos de Gol 360, admiradores de brasileños y españoles, fanáticos de Messi y de Ronaldo. Atentos, escépticos que nunca creyeron ver a un cubano en los grandes escenarios de Europa.
Tantos y tantos años añorando estrellas ajenas culminarán el viernes con la visita de Onel a Anfield. La utopía ya no es utopía. Agarrémonos al carpe Diem y guardemos retazos de esta historia. Será un lujo vivir para contarla.