Por Magol Alejandro Valdés
Cuentan aquellos que vivieron de cerca la efímera etapa de Rafa Benítez en el Bernabéu, que en la intimidad del vestidor blanco al entrenador madrileño le llamaban `el 10′. El mote, tan inventivo como malicioso, definía una enfermiza intención por parte del técnico de perfeccionar hasta los mínimos detalles, decisión a todas luces suicida en una plantillallena de vedettes.
Durante su estancia en Chamartín, Benítez jamás renunció a su naturaleza de mánager obsesivo, ese elemento controlador que ejerce su profesión de manera formativa y que evita a cada momento convertirse en un ente neutral y dominado. Lógicamente, Rafa terminó pagando un elevado precio por su intrusismo y fracasó con estrépito en su aventura merengue.
Dentro del fútbol moderno, en donde cada día gana más enteros la moda del mánager estéril, la figura del técnico con tendencia al magisterio es un exotismo, una especie maltratada y en pleno declive. El fenómeno del entrenador estrictamente `alineador´ se ha esparcido por toda la Europa futbolística.
Muy lejos han quedado aquellos tiempos en los que el mánager solía ser la extensión del maestro fuera del aula, con toda la responsabilidad conceptual que eso conlleva. En la actualidad, los técnicos intervencionistas generan incomprensión y rechazo en la clase alta del balón. Por contraposición, cala más hondo el estilo del entrenador amigo, ese títere ninguneado y a merced del núcleo duro del vestuario, sin apenas deberes educativos ni poder de formación.
La corriente de los Bielsa, Guardiola, Pochettino, Klopp -y todos aquellos técnicos que además de alinear, educan- ha visto como uno de sus máximos exponentes cambia de posición, y no precisamente por una alteración en sus creencias y métodos sino por las exigencias del entorno que enfrentará en su nueva etapa.
Maurizio Sarri, en su intento de llegar al máximo escalón de la cadena alimenticia del fútbol italiano, acaba de pegar un volantazo en su carrera. Su decisión de sentarse en el banquillo de la Vecchia Signora ha dividido las opiniones; para algunos es una práctica de ambición y superación, para otros una evidente muestra de campeonismo y sumisión.
Sarri, quien nos dejó para siempre su divina versión del Napoli como un documento de fútbol, se ha mudado a los Alpes para moldear mentalidades, una tarea que ni mucho menos parece salpicar al gran divo del equipo bianconero. «Defenderemos con 10», atinó a decir el técnico, eximiendo a Cristiano Ronaldo por decreto público de sobrecargar sus glándulas sudoríparas. Su frase no hace más que confirmar que en Turín -como en muchos otros lados- la educación está prohibida y que el bueno de Sarri no ha llegado allí para enseñar.
Lo ridículo de todo el asunto es que al napolitano se le exigirán buenas notas entre sus alumnos a finales de curso. Las consecuencias por no lograrlo son conocidas, es muy probable que estén -incluso- redactadas en su contrato.
Maurizio siempre me ha recordado en algunos rasgos de su carácter al irascible profesor Terence Fletcher, de Whiplash. Resultaría difícil imaginar al avinagrado Terence concediendo libertades a cualquiera de sus músicos o peor aún, quedándose de brazos cruzados y aceptando -como dirían algunos- que el jazz está muriendo.
Seguramente a Sarri le suceda con Cristiano lo mismo que a Fletcher con Andrew Neiman, el baterista brillante y rebelde: la Juventus tocará muchas veces la pieza perfecta hasta que la música llegue a los pies del portugués en zonas de creación. En ese instante, Ronaldo -tan acostumbrado a la anarquía como recurso y con el fin de ganarse unos aplausos- desafinará de forma vulgar en sus improvisaciones de siempre; unas cuantas fintas de adorno, la eterna conducción sin sentido y esa pedrada desde dónde sea hacia la portería rival.
Claro, Sarri pensará que en cualquier momento un solo de batería te podría salvar una Champions. Y dejen que el jazz siga muriendo.