Por Eduardo Grenier
Fue en un partido de la década pasada, cuya fecha no consigo recordar con exactitud, cuando distinguí por primera vez el virtuosismo manifiesto en las cualidades futbolísticas de Diego Forlán. Este tipo es un genio, pensé en aquel entonces, y nunca una primera impresión me generó -almanaque mediante- una sensación de acierto como aquella provocada por el devaneo hipnotizador entre el balón y las piernas del rubio ‘uruguasho’.
De la incredulidad de aquella jornada guardé, para mi fortuna, los cimientos de una admiración que me llevó, junto a otros sucesos igualmente estremecedores, a acoger el fútbol como una pasión casi furibunda que marcaría los designios de los últimos diez años de mi vida y que, con absoluta seguridad, me acompañará hasta el féretro.
Jugadores extraordinarios he visto muchos: unos con el don espontáneo del talento, otros con la ineludible virtud de la constancia, y otros, los menos, con la obra manchada por felonías imperdonables ante los ojos pasionales del hincha. Pero Forlán, Cachavacha, era otra cosa. Liderazgo y humildad en una simbiosis perfecta marcaron la carrera de aquel que prefirió un brillo tenue a las filigranas irrenunciables para las estrellas ávidas de éxito.
En la media cancha del ego y las barbillas elevadas, Diego siempre anduvo como un mendigo, casi un paria desdeñado por raro y por fastidioso, por no advertir que en el mundo de los balones ya importan más las galas en trajes finísimos y limusinas que el fango impregnado sobre el uniforme. Por incomprendido y por aguafiestas, por sus rizos rubios sacudiendo el viento sobre los rectángulos, por su sonrisa perenne y la manera especial de imponer sobre el césped lo que otros intentan delante de cámaras, Forlán es un ídolo.
Quedé atado a los encantos del fútbol y Cachavacha fue uno de los culpables. Lo siento hoy en el banquillo de los acusados y le pido, casi le ruego, que no asuma su defensa legal con el balón en los pies. Una simple jugadita podría destrozar mi denuncia y llevarme del banquillo inculpador a la esquina de los arteros ladrones, a ver si algún día, en medio de mis tropelías, logro arrancarle uno de aquellos goles de antaño.