Mármol griego: los osados también juegan

Por Raúl Hernández Lima

Un acto de prestidigitación comienza siempre con un falso axioma, una falacia bien puede acompañar cada supuesto de lo mágico. Así es el fútbol. «No siempre ganan los que mejor juegan» suele escucharse después de algún imprevisto final, luego de algún impronosticable batacazo.

Seguramente cualquiera se detuvo alguna vez a desarmar ese sofisma del jugar mejor. Quizá cualquiera ya intentó desmembrar el fútbol letra por letra. Hasta será probable encontrar a tantísimos, descubriendo el truco del mago y tirando abajo el telón de fondo.

Eso es, en analogía circense, desmontar el entramado ilusionista de lo que representa jugar mejor. Tal vez reconocer siempre en quien gana el juego óptimo, es similar a descubrir las cartas bajo la manga, la espectacularidad se pierde en aras de un realismo sucio y tan excesivamente burdo como concreto.

Les juro que no sucumbe mi teoría al resultadismo ordinario, o por lo menos intenta eludirlo, pero, pensar en quienes juegan con las uñas y los dientes, sin filigranas ni gambetas que enamoren, para arañar un punto que los mantenga en primera y lo consiguen, merecen por lo menos, el reconocimiento no sólo al laudable esfuerzo, sino al eficaz resultado.

Posiblemente el mejor ejemplo que encuentro se remonta a 15 años. El viejo continente se paralizaba por el balón. En casa de Luis Figo todos esperaban su magia para levantar la Euro que organizaron. Claro, ahí estaban los españoles y su furia, los alemanes arrogantes y potentes, los finos y trabajadores holandeses y hasta los italianos, esos que un par de años más tarde, levantaran la Copa del Mundo.

Quizá cualquiera pensó que la Francia de Zidane tendría mejores artificios para el triunfo y alguno adivinó en un tal Cristiano Ronaldo un acaparador de aplausos y títulos, pero tal vez nadie pensó en un aguafiestas como el alemán Otto Rehhagel en el Estadio Da Luz.

Y no fue fácil llegar allí para Otto. Manejando una banda griega, quizá forjada en la épica de las epopeyas mitológicas, necesitó desmontar, una vez tras otra, cuanto espectáculo tuvo delante. Todos con la desfachatez de quien se siente desprovisto de virtudes artísticas y apela al contenido en detrimento de la forma.

Rácano, sin pudor, con la cara roja y las orejas heladas por el miedo, llegó esa noche al acto esperado por millones de portugueses. Decenas de miles se dieron cita para ver de primera mano la obra más bella imaginada desde Eusebio. Y justo cuando salió de su pavoroso escondite, de un zarpazo luego de un saque de esquina, con el único tiro a puerta, desmanteló el espectáculo luso y congeló los corazones de los presentes.

Angelos Charisteas se nombraba el cómplice de Rehhagel. Los incontables intentos rojiverdes de rehacer la obra, de devolverla a su guión, no sirvieron para impedir la epopeya.

Quizá todos crean que los portugueses jugaron mejor. A Otto eso no le importa.

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