Por Ernesto Amaya Esquivel
En el deporte no se es tan malo cuando se gana ni tan bueno cuando se pierde, dice un viejo refrán, y precisamente el regreso de Zidane al Madrid ha sido una odisea sin final.
Como segundas partes nunca fueron buenas, Zizou no ha encontrado la tecla de lo que un día fue y ahora está muy lejos de volver. La misma plantilla, conflictos con los jugadores, ausencia de un goleador nato y la salida de figuras jóvenes van marcando la nueva filosofía de Harry Potter.
Parece ser que el tío buena onda, el majete risueño o ese mediador de vestuarios desapareció, Zidane se quitó la máscara.
En su inesperado y sorpresivo retorno al banquillo del Real Madrid poco pudo hacer para salvar la temporada, terminó siendo un estratega visible y asequible a los rivales y, por si fuera poco, quitando la llamada “flor”, nada enseñó desde el puesto de mando.
Quizás muchos piensen que estoy loco, puede ser, pero hay una realidad y es que el fútbol actual es resultadista, poco se mira más allá del triunfo, no importa cómo se llegue al éxito, lo importante es llegar. Como diría Maquiavelo el fin justifica los medios.
Ganó con un equipo moldeado a lo Mourinho, retocado por Ancelotti y pincelado por Rafa Benítez, nunca existió un proyecto. Cuando el cielo se ponía gris venía al rescate Cristiano o los dioses blancos ponían su mano. Ahora le toca a él armar su propia casa y por lo visto le faltan materiales.
La pregunta de ¿por qué regresó? me asalta y seguirá latente. Nada cambió, no pasó un año, los jugadores son los mismos y dudo que vuelva a repetir la hazaña. Por lo pronto mi criterio es pura especulación. La temporada está por comenzar y todos los seguidores blancos se encomendarán a la magia de Zidane.