Breaking Bad (Homenaje a Bryan Cranston)

Por Magol Alejandro Valdés

En la obsesiva y demencial disputa que sostienen hace más de una década Cristiano Ronaldo y Lionel Messi por el título nominal de mejor jugador del mundo, las imágenes que ambos se han propuesto proyectar hacia el mundo exterior -representadas a la perfección a través de un antagonismo latente- siempre han estado muy bien definidas.

Cristiano ha aceptado en todo momento ser el chico travieso, extrovertido y provocador, una versión de Mike Tyson en modo Ken (el novio de Barbie), ese sujeto ególatra y chulesco que genera amor y odio en proporciones iguales. Su eterna frase de «Rico, guapo y famoso» podría servirnos como confirmación a la idea que tiene el portugués sobre sí mismo.

En cambio, Messi ha pretendido situarse constantemente en las antípodas de tales conductas, mostrándose desde sus inicios como el chico correcto y tímido con escaso interés hacia la comunicación o la fanfarria, distanciándose de protagonismos desmedidos y esquivando el liderazgo espiritual que le han ofrecido varias veces. Hasta cierto punto, Lionel ha logrado abarcar todas las aristas bajo una sencilla premisa: hablar con su fútbol sobre el campo, reinar sin apenas abrir la boca mientras otros se encargan de pegar los gritos. Pero lo que ha sido una fórmula exitosa en Barcelona jamás ha funcionado en Argentina; allí han intentado ligar sin éxito ambos perfiles, con el rosarino habitualmente en medio del debate, convencido a ratos de procurar tal insensatez.

Luego de la eliminación frente a Brasil en la reciente Copa América, un Messi desdibujado e irreconocible, víctima de los vilipendios recibidos por anteriores fracasos y alejado de lo que siempre representó, abrió fuego verbal contra todo lo que tuviera delante en una práctica nunca vista. Su posterior enfrentamiento con Gary Medel y la ratificación de sus creencias sobre un supuesto complot son hechos que han sido acogidos con orgullo y esperanza por los más radicales de la corriente bilardista, esa disparatada oposición al menottismo que entiende el fútbol únicamente como una mezcla de testosterona, corazón y bemoles, principios que difícilmente explicarían el éxito de Leo en el Camp Nou.

Ahora solo falta descubrir si el citado episodio es un espejismo en la carrera del rosarino o la creación definitiva de un personaje incitado por el bilardismo o el cristianismo, una variedad de spin-off mediocre con la voz de Liberman o aquel audio del Cholo retumbando en su cabeza. Si después de tanto tiempo de pedir a Dios un milagro como Messi, lo hemos terminado de convertir en un Gascoigne, un Cantona o el Diego Costa de turno, todos deberíamos ir directo al infierno. Que gran parte de la sociedad mundial desee que Leo comience a ser un chico malo, constituye la prueba definitiva de que somos una especie en decadencia. Resultaría difícil imaginar a Da Vinci pidiendo perdón por su talento e invitando a un compañero de clases a pegarse unos puñetazos para ser aceptado.

De momento, Lionel volvió a agarrar el micrófono el día del Gamper y -desafiante y retador- desterró los arrepentimientos, insistiendo en el discurso campeonista del pasado. Ojalá y solo sean apariencias pero viendo la escena podría notarse que a Messi casi se le ha borrado del rostro la expresión de Walter White y que cada día se le queda una cara de Heisenberg que asusta.

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