Chapter one

Por Alay Fuentes

El penal, la pena máxima, es motivo de disímiles interpretaciones durante el ejercicio de un partido de fútbol. Es, a mi entender, una de las expresiones deportivas más evocadoras de imágenes en la mente del hombre contemporáneo, en la que se entremezcla el dictador y la moral, Dios y la catarsis, el emperador y las leyes, el negociador y la patada dentro del área, el orgasmo y la neurosis.

No por gusto muchos escritores y directores de cine dedicaron tiempo de sus vidas artísticas a recrear en fotogramas e imprentas la angustia existencial de los arqueros.

Este célebre ritual denominado penal cuenta en su haber con un respetable número de árbitros mutilados y otro número importante de fanáticos infartados (no es para menos). Muchos han sido los excelentes pateadores de penales que ha proporcionado el fútbol en su amplia historia: Pelé, Maradona, Sócrates, Scifo, Batistuta y los Ronaldos, por solo mencionar aquellos que me vienen a mi justa memoria. O los Zoff, Fillol, Zamora, Yashin que se encontraban al otro lado del andén, en la línea divisoria entre el bien y el mal.

Corría el día 15 de septiembre de 1891 en Inglaterra en la cancha del Stoke City. Allí se enfrentaba el equipo local versus el Notts County. Faltando un minuto para concluir el partido y perdiendo uno a cero, el delantero del Stoke controla un balonazo largo lanzado desde el fondo de su propia defensa, lo baja e inicia la carrera hacia el arco contrario. Evade uno, dos y hasta tres rivales y ya dentro del área gambetea al arquero. Solo frente al arco vacío dispara. Se acercaba el empate de los locales, pero esa fatídica tarde un defensor del Notts atajó el disparo con sus manos.

¡Diiioooos mío, God save the Queen! Aquello fue extraordinariamente inusitado. Los gritos y los improperios estaban a la orden del día. Como no existía la pena máxima cobraron un tiro directo con barrera dentro del área grande. Todo el Notts se colocó frente a su puerta y el Stoke no pudo transformar luego de muchos intentos de disparos. El árbitro pitó el final del encuentro y se armó la gorda, el realengo 18, el rapto de las mulatas y todo lo que se les ocurra decir.

La fanaticada del Stoke City tomó el terreno, a los árbitros y a los jugadores del Notts como rehenes de su frustración. Fue una de las escenas más vergonzosas reflejadas en la historia el fútbol. Ese día nació el tiro libre directo dentro del área sin barrera, ese día surgió el penal y con él una series de injusticias y aciertos, de logros y derrotas, de vida y muerte, de paz y tragedia.

Es sumamente importante reconocer que la pena máxima generó un antes y un después en el universo fútbol, dotó a este deporte del embrujo, la magia y el misticismo requerido para trasgredir las fronteras del tiempo y el espacio, para prevalecer por encima del bien y el mal, de las sucesiones de los días y las noches, para entrar en el Hellas de la historia deportiva. Pero eso queridos lectores es historia para el próximo capítulo.

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