Hoy juega el Trinche

Por Raúl Hernández Lima

La épica se desliza, como el rocío de Hermón, y se agolpa al Sur de la provincia argentina de Santa Fe. No sé si por gravedad o designios divinos, pero justamente Rosario amanece siempre con la maravilla en su vientre y la puja silenciosamente. Así como pujó al Che una tarde cualquiera de junio, para que la mitad que no le odia, lo idolatre.

Tal vez a causa de esa misma dicotomía falaz odio-amor, salió Lionel del vientre Rosarino y se fue a Barcelona a crecer, nunca más literalmente dicho. Mas no cabe la timidez en los nacidos allí. Acostumbrados ya a la grandilocuencia, envidiados por creerse hijos de Dios, cuando en realidad los dioses terrenales, encontraron allí su Olimpo.

Por esa misma razón fue a parar allá un croata, con el nimio pretexto de arreglar cañerías. Pero la verdadera intención de Mario era engendrar su propio dios viviente. Otro de tantos que se cocechaban por esos lares aparentemente apacibles. Hasta que en abril del 46 nació por fin Tomás Felipe.

Sin más juguetes que un balón entre los pies, creció con la elegancia de quien baila un tango eterno. Lento, de gran envergadura, pero rápido de pensamiento. Virtuoso como el mejor y arrogante, por no dar importancia a la pelota que le regalaba ídolos, más que a pescar y pasar el rato con su amigo el Vasco Artola.

La iridiscencia provocada por los regates del Trinche, le generaron la admiración del respetable y la mofa de los rivales víctimas del ‘doble caño’. Y no era para menos. Carlovich hacía pasar la pelota una y otra vez entre las piernas de los rivales en una misma jugada, como si el desaire fuera el quid del juego.

Le divertía más regatear rivales y pasearse por el campo con el cuero en los pies, que meterla al fondo de las redes. Era un espectáculo más parecido a la tauromaquia, donde jugar con el toro siempre divertía más que finiquitarlo.

Eso explica el mítico récord del volante central de diez minutos consecutivos sin prestar la pelota. Cuentan que el número 3 rival lo despojó violentamente del balón con una brusca falta que le valió la roja. Aseguran fue tal la impotencia, que más allá del cuero, quiso despojarlo esa tarde, de sus piernas.

La maravillosa calidad del Trinche Carlovich, junto a su inefable actitud para jugar el fútbol, le servían incluso para burlar las reglas. Dicen que una tarde, jugando para Central Córdoba, mereció la expulsión y luego de la reacción de los presentes allí, todos reunidos con el único anhelo de verlo jugar, el principal se vio obligado a dar marcha atrás a la expulsión para que pudiera jugar los 90 minutos.

Quizá su más encumbrado momento llegó durante la preparación de la selección argentina al mundial del 74. Allí estaban Kempes, Carlos Aimar, Zanabria, Daniel Killer y toda la artillería albiceleste enfrentando a un equipo de Rosario y Carlovich. Jugados los primeros 45, los sureños ya ganaban por tres. Entonces el seleccionador nacional Vladislao Cap se vio obligado a pedir a su par que retirará al Trinche de la cancha. Con él allí era imposible ganar.

Maradona mismo no dudó en reconocerlo como el mejor jugador que tocó un balón en Rosario, cuando algún periodista quiso ponerlo a él mismo en ese sitio. Como lo hizo también José Pekerman al reconocerlo como el jugador más maravilloso que vio. Y así lo hicieron Menoti, Griguol y cuanto feligrez del balón lo vio jugar.

Sin embargo el máximo exponente del arco lírico del fútbol argentino, como alguna vez le bautizaron, prefirió el arrebol del atardecer, caña de pescar en mano, que las gambetas y su inmarcesible galanteo por las canchas. Prefirió quedarse cerca de la casa de los viejos, andar por el barrio lejos de los focos, amó la tranquilidad y su Rosario natal.

Los escasos recuerdos gráficos tal vez enzarzan el mito. Para él, jugar en Central Córdoba fue como hacerlo en el Real Madrid. Pero su humildad y su efímero paso por el césped no le quitaron a Rosario y al fútbol el que quizá fue su más amado Dios.

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