Por Alejandro Céspedes
Hace diez minutos que me senté frente al televisor. Están pasando un partido del Arsenal vs Burnley de la segunda jornada de la Premier, algo atrasado, pero es Tele Rebelde. Me rompo la cabeza porque no sé qué carajos escribir para la columna del jueves.
Hace días que queria hablar sobre ese tipo de jugadores en extinción que llevan talento de 10 kilates en los botines y no sabía como encabezarlo. Solo se me ocurría empezar con Riquelme; y me rio porque sé que hay «una pila de gente» que me darian por loco, pero si De Rossi dijo que en la cancha como Román solo Don Andrés, me importan un pepino los argumentos adversos.
Entonces veo tres o cuatro jugadas tremendas de los gunners que parecian pertenecer a la mejor versión de los equipos de Wenger y en todas tiene que ver Dani Ceballos.
Sé de tipos que me van a querer fusilar con carcajadas y otras navajas verbales, pero este chamaco con el 8 a la espalda, ha jugado de 10 y para 10 puntos.
Viéndolo me recuerdo de la última era de los dragones. Aquel tiempo dónde en las canchas rodaban los balones blancos con la zaeta de Nike en negro y de botines de colores oscuros surgía la luz con los regates escandalosos de Rui Costa, los pases quirúrgicos de Aimar, las cabalgatas de Kaká, los bombazos de Scholes o la pausa en modo matrix de Pirlo.
Y no es que Ceballos sea el Capitán Planeta, pero juega un partido en el que hace de todo y el equipo se siente a gusto viendolo como director de orquesta.
Ahora bajo de las nubes, centro la vista en el juego y veo que hace unos minutos que le dieron el cambio con el equipo ganando 2-1. Entró Kolasinac para amarrar el choque; ya el español dejó su huella con dos asistencias y un montón de jugadas que las resumirá algún video de youtube en su nombre.
El Arsenal de Émery ha quedado como un equipo eléctrico. El partido sigue siendo entretenido, pero le falta el «¡Oee!» con ovación incluida del público. Ese que pone a vibrar a la grada cuando el balón respira en la pausa, toma un trago para el regate oportuno y canta apasionadamente tras el toque preciso.
Puede parecerte que pienso en Dani Ceballos como la octava maravilla y nada más lejos de la realidad. Le dieron salida del Real Madrid por no tener chance de competir en su equipo según Zidane, y antes salió del Betis porque se creyó que ya era un galáctico.
Por esquemas en los que solo interesa ganar como sea y por no escuchar los consejos de los viejos, este tipo de jugadores son como Oliverio con sueldo y pasaporte cubano. Difícil encotrar quién los haga volar.