El punto central
La columna de Raúl Hernández Lima
Se vive mejor cuando el cuero rueda dentro de las líneas. Dicen que hay vida más allá, pero no es vida. La maravilla es redonda y es blanca…
A Raulito, mi hijo, que prefiere raspar sus rodillas y llenarse de tierra atajando un bombazo del Bryan, que llenarse de balón frente a las dos piedras rivales.
Aquella tarde se jugaban la vida. El calvo con rostro de viejo encaró al de los guantes y movió la cadera, brúscamemte, para regarlo en el césped del Soccer City de Johannesburgo. Entonces sacó el remate que levantó la grada naranja. Los tulipanes explotaron sus gargantas con el grito de gol. Pero las piernas de Casillas aparecieron para hacerles tragar el sonido a los rubios y devolver la respiración a los españoles.
Las manos de los holandeses ya no volvieron a bajar de la cabeza en franca metamorfosis transitoria. Pero el héroe fue Iniesta. Esto se gana con goles, dirán los pragmáticos hartos de tener la razón. A nadie le importa que desde octavos los rojos tuvieron la puerta incólume, eso es pura estadística. Por eso los héroes juegan con los pies. Y se enfrentan al antagonista vestido de largo y con guantes en las manos.
Cual pugna entre el
Eros y el Tánatos, el portero aparece ahí, solitario, impertinente,
tratando de tirar por el suelo el clímax de gambetas y regates. Se
enfrenta al ídolo de turno para evitar que celebre la caída de su feudo,
que se chupe el dedo en su cara o lo haga regarse por el suelo
ridículamente.
Nadie le silbó a Messi y a Ronaldo cuando fallaron
un gol. Todos queremos a Baggio incluso desde su estrepitoso fallo en la
final del 94, pero el consenso cae voraz sobre la anatomía de Karius
que tenía derecho a todo, menos a equivocarse en aquella final ante los
blancos.
Condenados al ostracismo e ignorados en balones dorados, con hazañas olvidadas e intrascendentes apariciones en la escena de los ínclitos coleccionistas de goles, como aquella donde Buffon se jugó el cuerpo ante Gosclin en el 2006. Como se lo jugó Čech aquel día en que dejó de ser Petr para convertirse en el tanquista.
Los incomprendidos de los piquetes del barrio, los relegados, esos que un día se rebelan con un escorpión como el de Higuita, o los malabares de Lev Yashin, no tienen lugar en las narraciones de la gloria. Su rol de secundarios se torna un maleficio; el jorobado, el escudero, el ogro, pero divino de cualquier forma.
Si goles son amores, los arqueros serían como la inquisición. El villano que debió ser Gordon Banks cuando malogró el magno testarazo de O Rei Pelé. Por eso ni siquiera albergan el anhelo utópico de que un día los hinchas celebren la puerta inmaculada, como si un nueve cualquiera descosiera la red.
A esos que olvidan, aquellos que gustan del cómo sin importar el qué, porque prefieren hacer la vista al otro lado del balón, y que ineludiblemente están siempre en los éxitos, evitando con las manos, los errores de los lucidos; a los héroes cabizbajos del balón que están aunque no los miren, llegue la loa de los raros, que los admiramos, tan en silencio, como sólo ellos saben entender.