Por Eduardo Grenier
Sería casi un acto vandálico perder y jugar feo. Grada que se respete, te mandaría a la mierda y estaría noventa minutos acordándose de la madre que te parió. Eres hoy, cuando ganas, el gentil líder de una gran obra. Eres mañana, cuando caes, el vil mediocre que ha venido a buscarse tres pesetas por nada.
Pero siempre vas allí, a la línea de cal pegada al rectángulo, a gritar, a mandar, a señalar al vacío, a mirar ese límite que te espeta en tu cara que no puedes rebasarlo, que estás más preso que cualquier recluso y no puedes hacer nada aunque te salga humo por las orejas.
Y así has estado por años siendo el rostro del fútbol. Amado y vilipendiado. Elevado al altar de los vencedores y rebajado al fango de los cretinos. Comedido o iracundo. De mano blanda o tirano. Experimentado o imberbe. Veneno para envidiosos y placebo de los crédulos. Siempre con el sentir punzante de andar al borde del abismo. Bueno o malo… según tenga el día la gente.
¿Cuál es, preguntan todavía, el entrenador más completo? Alguien, ingenuo de la vida, cree que existe la perfección. El entrenador vive de contextos y anda según le dicte la rueda de la fortuna. El mejor sería, claro está, aquel erudito dueño de las virtudes de todos los «sencillamente buenos».
¿Se imaginan? Un tipo con la locuacidad del viejo Del Bosque, la irreverencia de Mourinho, la inventiva de Klopp, la paciencia de Wenger, el prestigio de Lippi, la inteligencia de Pep, la sabiduría del flaco Menotti, el carácter de Bilardo, el humo de Carlos Bianchi, el chándal de Sarri, la defensa de Trapattoni, el ataque de Paco Jémez, el ímpetu evita descensos de Enrique Martín…
Buenos técnicos hay como virtudes tienen… y nombres encontraremos por montones para aderezar una lista con los mejores. El entrenador ideal es el que reúna las capacidades de todos los mencionados pero, si por mala fortuna pierde algún partido importante, correrá el riesgo inevitable de caer en desgracia ante el respetable y engrosar al instante la hilera de los mindundis.