AL PRINCIPIO FUE EL BALÓN
La columna de Magol Alejandro Valdés
«Durante el séptimo día, Dios se dio cuenta de que faltaba algo y dijo: ¡Que haya fútbol!
Y vio que era bueno.
Creó además el balón para que todos tuvieran las mismas oportunidades.
Y entonces, al ver que su creación estaba completa, Dios descansó.»
Una amiga de mi madre que nos suele visitar a cada rato, sostiene como premisa de cabecera que en esta vida solo existe un tipo de amor, y que el odio es lo mismo, pero disfrazado.
Viendo la tierna secuencia de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo -durante la reciente gala de la UEFA- podría pensarse que nunca le faltó ni un solo gramo de razón a la señora. Mientras Cristiano catalogaba la rivalidad de ambos como histórica, seguramente a algún que otro idólatra de la célebre dicotomía se le habrá escapado una lagrimilla de nostalgia; muy al estilo de mi mujer en los últimos minutos de «Sweet November», «P.S. I Love You», «The Vow» y demás cursilerías hollywoodenses del corazón.
Los halagos entre argentino y portugués de manera mutua me hicieron recordar que el fútbol -como dice un gran amigo- solo es lo más importante de las cosas menos importantes. Ojalá y todo hubiera sido tan sencillo para Tesla y Edison, Churchill y Hitler o Gorbachov y Yeltsin, como sentarse uno al lado del otro y amagar con invitarse a una cena, o por lo menos a un café. Cada vez que Messi y Ronaldo se dejan ver juntos y sonrientes -y hasta algún gesto de sincera complicidad se les escapa- me pregunto qué pasará por la cabeza de los que han vivido como zombies partidistas el antagonismo de marras, esos que han sacado el fútbol de la cancha y han dado hasta la última rayita de energía para avivar ridículamente la llama.
Luego de diez años de esta infantil y estúpida pugna -que ha enfrentado más a los adeptos que a los propios protagonistas- me cuestiono seriamente si la misma ha influido de forma positiva en la salud del fútbol como fenómeno global e integrador; si no ha representado una corriente discriminatoria de mitades; si el principio de posicionarse ciegamente no está más relacionado a la maldita política que a otra cosa; si los hijos de esta rivalidad -neófitos convertidos a la moda fanboy- alguna vez se interesarán en serio por el juego; o si después de adaptarnos por tanto tiempo a la conceptualización personificada de algo tan grupal, se corra el grave peligro de que a la gente ya no le guste el fútbol sino los futbolistas.
En el momento en que Lionel y Cristiano decidan dejar este cotarro, sabremos a ciencia cierta cuánto se ha dañado la esencia del deporte más colectivo que haya existido jamás. Con la obsesiva búsqueda de registros que ambos han impuesto, no figuro cómo lograremos convencer a los chicos del futuro de que este juego no solo va de números sino también de sensaciones; de qué forma les explicaremos el legado de héroes como Sócrates, Guardiola, Redondo, Vieira, Nedved, Zidane, Gerrard, Busquets, Xavi o Iniesta. Me asalta fuertemente la duda respecto a si en lugar de regocijarme -como casi todos- de haber vivido esta larga disputa, siento pena de mí por no haber logrado hilvanar tres temas de conversación seguidos -durante una década- sin que saliese a relucir el nombre de alguno de los dos.
Ya sé que suena a broma pero me encantaría ver la expresión de todos aquellos que se han tomado esta locura como algo muy personal, si por casualidad algún día terminan jugando juntos Leo y Cris. Si eso sucede, puede que hasta Elton John y Madonna se animen a cantar juntos el día de la presentación, o que la amiga de mi madre nos repita con más fuerza su precepto cada vez que nos visite.