AL PRINCIPIO FUE EL BALÓN
La columna de Magol Alejandro Valdés
«Durante el séptimo día, Dios se dio cuenta de que faltaba algo y dijo: ¡Que haya fútbol!
Y vio que era bueno.
Creó además el balón para que todos tuvieran las mismas oportunidades.
Y entonces, al ver que su creación estaba completa, Dios descansó.»
Recuerdo con cierta nostalgia aquellos tiempos en los que -recién finalizado el mercado de traspasos, lápiz y papel en mano- los amigos nos reuníamos para conjeturar sobre posibles dibujos y alineaciones, fantasear con la cantidad de goles que haría el nuevo fichaje de la delantera o suponer que los títulos se levantaban en agosto comprando galácticos.
Extraño lo fácil que resultaba ilusionarnos cuando el fútbol parecía algo tan sencillo que no merecía explicación. Prácticamente perdí la cuenta de las veces que el Madrid ganó la Liga en mi libreta de marxismo, en donde es muy probable que haya escrito más de Beckham y Zidane que de las doctrinas de Marx, Engels y Lenin.
Añoro la ausencia de conceptos imprescindibles, las discusiones vacías de sentido o la banalidad puesta en cada análisis. Echo mucho de menos esa edad en la que solo me preocupaba el color de las botas de Totti, el nombre de la enfermedad ocular de Davids, el porqué de la celebración de Raúl o la nacionalidad de la mujer de Figo. Al mismo tiempo no me interesaba en lo absoluto -por ejemplo- conocer la razón por la cual Van Gaal prefería a Rivaldo en la izquierda de su arquetipo táctico; descubrir por qué el Bayern de Hitzfeld sucumbió -en las semis de Champions del 2000- ante la decisión de Del Bosque de colocar tres centrales; o acaso comprender cómo era posible que dos delanteros tan similares como Yorke y Cole funcionaran a la perfección en la geometría de Ferguson.
Daría la mitad de mi vida por repetir aquella sensación incólume de creernos los más grandes conocedores futbolísticos, con la categoría añadida de evangelizadores; y todo por cargar con un radio ruso por el pasillo central de una escuela de altos estudios, incitando a los ateos a unirse a la legión de los que escuchábamos los partidos de la Liga por onda corta. Jamás nos sentiremos tan estúpidamente felices como cuando -sin siquiera sospecharlo- vivíamos confundidos y equivocados; cuando nos daba la cuenta exacta y el fútbol no trataba sobre fútbol sino sobre futbolistas. Pensar en aquellos momentos hace que me acuerde de la escena en que Cypher -el traidor que vende a Neo en The Matrix- se lleva un pedazo de filete a la boca y suelta su frase más aleccionadora: «La ignorancia es una dicha».
Supongo que con este juego sucede lo mismo que con las pelis de Disney, Pixar y DreamWorks: todos las disfrutamos de niños pero las entendimos siendo adultos. Así que si quiero volver a hablar de fútbol con alguien -en lugar de buscar partidos del Liverpool de Klopp o del City de Guardiola, con el objetivo de seguir encontrando respuestas- será necesario que me aprenda de memoria cuántos goles han hecho Cristiano y Messi de por vida; y de paso, diseño unos memes bien grotescos de esos que tanto abundan en la red. O mejor -para estar más a la moda- intento descifrar lo que significa cada tatuaje de Ramos o Neymar, aunque eso me cueste más trabajo que aquellas clases de marxismo.