LAS COSAS DEL FÚTBOL
La columna de Lorenzo Martínez Gener
Desde que tengo uso de razón el fútbol envuelve casi la totalidad de mis momentos más gratos. El romanticismo del juego de antaño fue erigiendo el concepto que tengo sobre este bendito deporte. Las cosas del fútbol no tienen épocas. Los grandes jugadores, los equipos ganadores y los partidos vibrantes trascienden en el tiempo perdurando hasta la eternidad, con un nivel de idolatría digno de los profetas divinos o los dioses de la Antigua Grecia.
«¡Descarao! ¡Mijito, eres un muerto! ¡Tú no sirves, comemierda!» Estos fueron los piropos que hace tan solo unos días recibimos algunos jugadores de mi equipo -en uno de los torneos de fútbol popular- que por estas fechas se desarrolla en la plaza de mi ciudad natal.
Cuando escuché cada una de estas frases y giré a buscar con la vista al autor de tal obra de arte -producto de nuestro acervo cultural- cual fue mi asombro al divisar que dentro de un grupo de jóvenes adolescentes resaltaba la figura de una doncella de piel canela, la cual con mirada desafiante y en tono Chocolate MC me gritaba: «¡Sí, fui yo la que grité! ¡Eres malísimo y bien!»
Al llegar al banquillo, luego de ser sustituido, reflexioné: ¿Esto es lo que motiva a los jóvenes de hoy a asistir a los espectáculos deportivos?¿Es tan frustrante el peso de nuestras vidas, que encontramos desahogo en los estadios o plazas deportivas, descargando nuestras miserias humanas en el prójimo, sin tan siquiera saber quién es? Realmente estas no fueron las motivaciones de mi generación cuando comenzamos a ir a los diferentes escenarios competitivos de la mano de Magol Valdés Lobán, nuestro padre adoptivo. Tampoco fue esa la educación que recibí de mis padres biológicos, quienes me instruyeron sobre cómo debía comportarme en público y honrar a los deportistas que tanto se esforzaban por triunfar y brindar un buen espectáculo.
En casi todo el mundo el fútbol es el deporte más practicado, tanto con fines recreativos como deportivos. Es el espectáculo de multitudes por excelencia, el ámbito con más espacio en los periódicos, la televisión, el internet y la radio. Miles de personas acuden a los estadios a ver a sus equipos y se cuentan por millones a los que los siguen por la tele, llegando incluso a condicionar sus calendarios por el llamado «deporte más hermoso del mundo».
Podría decirse que la visita a los estadios es casi una celebración escéptica con sus propios rituales: las cervezas con los colegas, ponerse la misma camiseta, sentarse en el mismo sitio, el fervor de los cánticos. Visto así todo apunta a que el fútbol es una fiesta que se vive en comunión, con alegría y respeto. Pero todos sabemos que no es así por todo lo que ocurre durante las casi dos horas que dura un partido. Durante ese período de tiempo muchas personas se transforman en genuinos necios, cuya educación hace dudar sobre si alguna vez asistieron al colegio; incluso muchos de ellos asisten al partido con la compañía de sus hijos, los cuales -al igual que una esponja- van absorbiendo el comportamiento de sus guías y formadores en la vida.
La presencia de esos insoportables que se pasan todo el partido soltando improperios sin importar que el partido aún vaya cero a cero es denigrante, los mismos casi siempre la emprenden con ese jugador que no soportan y todo lo que haga les vale a nada. Si les meten un gol a sus equipos, se ensañan con los demás jugadores o con el entrenador, y en el peor de los casos con la directiva; todo en dependencia de cómo tengan la noche, les sirve cualquiera y para variar siempre les queda el árbitro.
La falta de educación es algo bastante generalizado en nuestra sociedad y en los estadios o tertulias futboleras podemos apreciar cómo los groseros se unen en masa para cantar al unísono -como el mejor de los coros- cánticos que ya son auténticos hits. El clásico “Fulano hijo de puta” podría servir de ejemplo, el mismo ya funciona para todos por igual. Y para qué recordar los cánticos racitas que a más de un jugador -como Samuel Eto’o- casi obliga a abandonar el sagrado santuario que es el césped de juego.
El caso es que las personas se alocan de repente y lo mismo un trabajador serio que un maestro honrado, se transforman en un Mr. Hyde que expele odio por la boca. En el fútbol, cuando uno no está contento con lo que está viendo, puede marcharse del estadio o apagar la televisión si está en casa, tomárselo con ironía o en el peor de los casos abuchear junto a la famosa pañolada blanca. En las transmisiones de los partidos por televisión se aprecia como a los campos asiste una gran cantidad de niños a los cuales se les da un pésimo ejemplo. Lamentablemente en ningún otro espectáculo cultural se permite que el público se sobrepase, pero en el deporte en general y en el fútbol en particular los comportamientos ofensivos están a la orden del día.
Tampoco soy partidario de que el fútbol haya que disfrutarlo sentado, callado y de brazos cruzados, porque el juego en sí es un enfrentamiento de sentimientos en el que la grada juega su partido a favor de su equipo, siempre alentando y motivando a sus jugadores. Pero tampoco hay que pasarse de la raya, ni siquiera con el equipo propio, porque la pasión no da derecho a exigir. Nadie niega que el público es soberano, pero lo es para no volver al estadio a presenciar un partido si el equipo no le gusta; el gasto en comprar una entrada no le da libertad para faltar al respeto a nadie. A mí me parece una lástima que en el fútbol actual estén normalizados una serie de hábitos perjudiciales que intoxican el espectáculo y me encantaría que hubiera más muestras de civismo para que nada ni nadie ensombrezca el espectáculo, que es lo fundamental. Recordemos siempre que el fútbol es una actividad humana y un reflejo de la realidad de la sociedad y ante todo, un deporte.
Por eso, a partir del lunes incluiré -como parte de mi cábala antes de cada partido- una oración a mi Oloddumare, pidiéndole que perdone a aquellos que nos ofenden y que me de fuerzas; no solo para alcanzar la victoria para mi equipo, sino para encontrar una forma civilizada de desterrar las pobrezas espirituales y transformar los modos de actuación de esos descerebrados que, al parecer, viven virtualmente dentro de una canción de reggaeton.