SEGUNDA JUGADA
La columna de Zéner Caro
«Escribiendo, iba a hacer con las manos lo que nunca había sido capaz de hacer con los pies: chambón irremediable, vergüenza de las canchas, yo no tenía más remedio que pedir a las palabras lo que la pelota, tan deseada, me había negado.» (Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra)…..
Acabo de regresar del futuro. Y no lo he hecho en el De Lorean de Marty Mc Fly ni atravesando ninguna de las puertas de los hermanos Olivares. Me ha bastado una memoria flash conectada a mi laptop.
No me pidan que les cuente si el reguetón finalmente se extinguió o si Cuba clasificó al Mundial del 2038. Mi particular máquina del tiempo no me llevó al caluroso Caribe, sino 8 mil y pico de kilómetros más allá, hasta Alemania.
Y aunque me hubiese encantado tener a Emmet Brown como copiloto, no me puedo quejar de mi compañero de viaje. Un tipo llamado Julian, así sin tilde, que con 28 años logró lo que para la inmensa mayoría de los mortales no es más que un sueño inalcanzable: dirigir a un club de fútbol de primera división.
La primera parada del trayecto me llevó hasta una caja robótica de nombre impronunciable –Footbonaut, creo- que durante quince minutos me disparó balones desde diferentes posiciones y a velocidades variables para que intentase controlarlas y enviarlas hacia pequeños paneles iluminados a mi alrededor, mientras Julian seguía mis resultados en su tablet. Por supuesto que suspendí torpemente el ejercicio.
El discreto Julian, un muchachón nacido en Landsberg am Lech al que una lesión de ligamentos le cortó una prometedora carrera como jugador profesional cuando no llegaba a los 20 años, me llevó entonces a probar el Hélix, un simulador para el entrenamiento de la visión periférica y de la velocidad en la toma de decisiones en situaciones de juego. Otro fracaso para mi escaso bagaje físico de cuarentón accidentado.
Justo en ese instante, Julian, convencido de que mis torpes piernas no sostendrían nunca a un jugador decente, me puso una credencial de periodista y me bajó al campo de entrenamiento de un equipo cuyo nombre no revelo para no herir con tanta antelación las esperanzas de algunos colegas de ver recalar al de Baviera en el banquillo del club de sus amores.
Para mi sorpresa, aquel terreno parecía más la sala de un museo tecnológico que el tradicional rectángulo verde lleno de conos naranjas y porterías.
Dos pantallas gigantes en diferentes posiciones, una docena de cámaras escrutándolo todo y tres drones sobrevolando a cada uno de los jugadores que ejercitaban sus rutinas tácticas del día. Potentes ordenadores recibiendo y procesando interminables flujos de datos sobre centenares de indicadores físicos y de rendimiento de cada jugador. El big data en función de la eficacia y el mejor aprovechamiento de las potencialidades reales de cada futbolista.
Conversamos entonces sobre su primer partido como entrenador de primera división contra el Werder Bremen. De aquel XI inicial con un 3-5-2 que volvió locos a los defensas rivales y que terminó siendo imitado por el Schalke, el Frankfurt y otros ilustres del torneo alemán. De la importancia de tener jugadores polivalentes y mentalizados para poder cambiar el dibujo táctico inicial a un 4-4-2 o a un 5-3-2, según las exigencias de cada partido.
Me contó del RB Leipzig y de sus equipos posteriores, del juego versátil, de la presión alta, de la recuperación sobre pérdida y de la velocidad en las transiciones. Y también del geggenpressing de Klopp, del fútbol de posesión de Guardiola y de la obsesión espacial de su maestro Tuchel. Y hasta logré sonrojarlo cuando le recordé que un viejo zorro como Ancelotti no logró descifrar nunca el puzzle con que Julian retó a su Bayern Munchen.
Recordamos juntos a jugadores que vivieron a su lado una segunda juventud, como Fabian Scharr, Mark Uth y Sandro Wagner. Y a Sule y Sebastian Rudy, que pasaron de las convocatorias del modesto Hoffenheim a ser titulares en Die Mannschaft.
Con Julian, quien por cierto, se apellida Nagelsmann, vi el futuro del fútbol. Un mañana en el que no bastará con el talento individual o la capacidad de leer los desafíos tácticos de un partido. Un porvenir en que la tecnología y sobre todo, el acceso a la misma, ampliarán la brecha entre los grandes y los pequeñitos, entre los que podrán comprarse Footbonauts y Footkensteines y los que tendrán que seguir dependiendo de los conos y las líneas sobre el césped.
Pero al mismo tiempo, un futuro que premiará a los más valientes. A los que rehúyen de los dogmas futboleros y prefieren ser ellos mismos y no los clones de Pep, Jurgen o José. A los que se adaptan al acelerado ritmo de los tiempos y en lugar de perder el tiempo cuestionando los inventos davincianos del momento, les sacan el poco o mucho provecho que estos puedan darles.
Un mañana en el que Julian Nagelsmann seguirá siendo el tipo sencillo que dona regularmente una parte de sus emolumentos a causas benéficas y que rehúye del protagonismo que considera no le corresponde a él sino a sus futbolistas. Y en el que ganará trofeos, muchos trofeos.
Me vuelvo a casa y saco la memoria del puerto de la laptop. Casi al mismo tiempo, un colega de 9.15 me cuenta que ya van a reanudarse las retransmisiones de los partidos de la Bundesliga en nuestro ignaro canal de los deportes. Y mi calendario anuncia que hay partido del RB Leipzig en el primer turno sabatino. Ajusto cinturones, este fin de semana regreso al futuro.