SEGUNDA JUGADA
La columna de Zéner Caro
«Escribiendo, iba a hacer con las manos lo que nunca había sido capaz de hacer con los pies: chambón irremediable, vergüenza de las canchas, yo no tenía más remedio que pedir a las palabras lo que la pelota, tan deseada, me había negado.» (Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra)……..
Recuerdo claramente aquella tarde. Éramos un grupo de amigos que habíamos inventado una mentira para escaparnos de la escuela e irnos a casa del único de nosotros con antena y espacio suficiente para todos. Se jugaba “el partido del año”, la “final de las finales”, el nuevo envite del Dream Team con la gloria.
La euforia era total, las apuestas claras. El Barcelona ganaba sí o sí. Los más pasionales apostaban cigarros y cervezas a Romario o Stoichkov como el primer goleador de la noche. Yo no, yo solo tenía ojos y neuronas para un tipo flaco con el 4 en la elástica, un tal Guardiola.
Lo había visto por primera vez en las trasmisiones del fútbol de las olimpíadas de Barcelona. Era 24 de julio, previa de mi cumple y de la inauguración oficial y España jugaba contra Colombia. A los diez minutos, falta absurda de los cafeteros muy cerca del punto de penal y libre con barrera para España. El Pitu Abelardo tocó apenas el balón y el jugador marcado con el 9 –sí, con el 9- lo clavó en el único sitio al que el arquero Calero no iba a llegar jamás. En ese momento pensé que era un ariete.
Al terminar el partido estaba tan encantado como confundido con aquel tipo que lo mismo lanzaba las faltas que se prodigaba en el medio campo, ofreciéndose en todas las líneas de pase sin fallar ninguno. Ese mismo día me enteré que el tal Guardiola era una de las referencias del Barcelona de Cruyff que acababa de ganar la Copa de Europa en Wembley y al que, pese a las restricciones propias de una época sin 3G ni HD, me propuse seguir día a día.
Desde entonces hasta su prematuro retiro, Guardiola siempre formó parte de mi santoral futbolero. Y sí, quizás no era ni tan vistoso como Laudrup, ni tan letal como Romario, ni tan completo como Zidane. Apenas metía goles. Casi nunca encabezaba los rankings de asistencias. Era raro verlo en los listados de candidatos a premios individuales. Salía poco en la prensa. Parecía sufrir en cada partido.
Pero nadie como él movía a su antojo a un equipo tan complicado como el Barcelona. Ninguno tenía su visión de juego ni su precisión en el golpeo del balón. Pensaba más rápido que todos. Solo él podía interpretar lo que querían técnicos tan dispares como Cruyff, Van Gal o Camacho. Y aunque las hordas de fanáticos me destrocen, lo digo: hasta la llegada de Xavi, Guardiola fue el tipo más inteligente que pisó un terreno.
Aquel Guardiola es hoy Pep, Herr Pep, Sir Pep, el “mejor entrenador del mundo”, el “meacolonias”, el “Iluminati” o como quieran llamarlo las legiones de admiradores o detractores que ha acumulado desde que se enfundó el chándal y el personaje de entrenador de élite. La cortísima memoria de la fanaticada ha condenado su pasado como jugador al recuerdo de unos pocos; quizás los mismos que vimos a Carletto en la Roma, a Puel en el Mónaco o a Pochetino en Newell’s.
Para mí, Pep seguirá siendo Guardiola. El tipo que convertía cualquier tarde de domingo en un ejercicio de disfrute y en un desafío neuronal. El dueño del balón. El que hincó la rodilla en el césped del Olímpico de Atenas aquel jodido miércoles con la mirada perdida en la grada.
Hay quien dice que ese día la suya era la imagen de la derrota. Nada más absurdo. Yo sé que no. Esa tarde, mientras miles de blaugranas nos lamentábamos, el hijo del albañil Valentí estaba repasando los versos de Miquel Marti i Pol:
“Pongámonos de pie otra vez y que se sienta
la voz de todos solemne y claramente.
Gritemos quién somos y que todos lo oigan.
Y al acabar, que cada uno se vista
como buenamente le apetezca, y ¡adelante!
que todo está por hacer y todo es posible”.