Los colores de Poul

EL PUNTO CENTRAL
La columna de Raul Hernandez Lima

Se vive mejor cuando el cuero rueda dentro de las líneas. Dicen que hay vida más allá, pero no es vida. La maravilla es redonda y es blanca…………

Ni un gramo de empatía me regaló Poul aquella tarde. Su padre sintió vergüenza y lo regañó con aquella mezcla de molestia trilingüe y súplica corporal para que me atendiera. Elismar, su mamá, intercedió cariñosa con el mismo resultado de aquel francés radicado en Caracas después de vivir más de 30 años en el sudeste londinense, ni un resquicio de atención.

Entonces me percaté de que sus medias, meticulosamente centradas y simétricamente combinadas llevaban estampadas porterías y balones de fútbol. ¿Te gusta el fútbol Poul? Pregunté sin obtener una respuesta verbal, pero fue la primera vez que me miró, sin mucho interés y luego se sonrojó.

En su rostro salpicado de pecas se dibujó un extraño interés por abandonar su mundo interior. Una inquietud rara le hacía rascar su cabellera roja, como si quisiera responder sin atreverse. Calvin, el papá, le dio ánimos, quizá impulsado por su esperanza naciendo de aquel incipiente interés de jovenzuelo.

Las heridas causadas por los vidrios del cristal que rompió en su última perreta, aún están en proceso de cicatrización. No lleva puestos pantalones porque no soporta más que sus medias y la franela roja con el escudo del cañón. Un pañal desechable guarda su intimidad y la orina, porque en esta crisis Poul se niega, incluso, a hacer sus necesidades en el cuarto de baño.

Es entonces que adivino donde está el punto de acercamiento con él e insisto en el tema del fútbol para ganar su atención. Intento acercarme pero me rechaza con vehemencia. Quizá cualquier autista hubiera considerado demasiado descaro de mi parte intentar compartir el enorme sofá blanco donde reposaba haciendo contorciones con su cuerpo.

Sin embargo en un par de minutos estiró la mano y comenzó a tocar mi barba, incluso arañó mi cara mientras yo permanecía incólume conversando sobre el balón. Por supuesto que no fue difícil adivinar su pasión por los gunners y eso me valió para que, en un giro brusco de su actitud, tomara mi mano y me invitara a conocer su santuario.

La sorpresa no estuvo en su cambio de postura en cuanto a la socialización, ni siquiera en las fotos, bufandas y cualquier cantidad de objetos decorando su colección que te hacía sentir más cerca del Emirates Stadium que de aquella suculenta quinta del este caraqueño, sino dos altares adyacentes con dos santos, para muchos, antagónicos.
Me imaginé encontrar pósters de Pirés y Henry decorando la habitación como de hecho pululaban por allí teniendo en cuenta la nacionalidad francesa de su padre Calvin, pero jamás intuí un eclesiástico santuario de Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. Menos aún de ambos compartiendo sagrado espacio.

En ese preciso instante olvidé que era el psicólogo encargado del niño autista. No encontré metodología ni terapia que me explicara aquel extraño fenómeno de juntar lo que por designio divino nació, aparentemente, para la pugna. El consenso mágico de aquel niño echaba por tierra la supuesta porfía. Claro que quise preguntar cual de los dos prefería pero afortunadamente el mutismo provocado por mi asombro me impidió cometer la imperdonable herejía.

Aquella fue la primera de muchas tardes junto a Poul, eventualmente su crisis mermó y la terapia dejó de mediar en nuestra relación dando paso al fútbol. Sus padres quizá aprendieron sobre los manejos pero seguramente su aprendizaje jamás se equiparó al que de alguna forma, sin premeditación me llevé del muchacho antes de que lo llevarán de vuelta a Londres. Jamás hubiera entendido a nadie explicando que el fútbol es más que colores.

Quizá por estos días donde una cena apacigua la furiosa mecha que algunos se empeñan en mantener prendida, alerta de la inexistente incompatibilidad de los dos genios del fútbol actual. Tal vez muchos comprenden una década después que cada uno hizo mejor al otro. Sin embargo alguien aparentemente ensimismado, sumido en su mundo interior, fue capaz no sólo de ver lo que los demás se empeñaron en desconocer, sino que en el gesto esclarecedor más sublime que conocí, me lo compartió aquella asombrosa tarde de invierno.

De Poul no tengo más recuerdos que algunas fotografías personales. Pero lo veo cada fin de semana entre goles y atajadas. Está donde quiera que ruede un balón, en el césped o en las letras. Está agazapado detrás se mi pragmatismo absoluto, empañado sólo, muy de vez en cuando por alguna musa blanca. Porque el fútbol, como aprendí de Poul, no se trata meramente de colores

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