AQUELLA VEZ QUE MONTÉ EN AEROPLANO

CATENACCIO
La columna de David Rodríguez Copa

«Cuando un italiano me dice que hay pasta en el plato, miro debajo de la salsa para asegurarme. Son los inventores de las cortinas de humo». (Sir Alex Ferguson)

Por naturaleza soy un tipo soñador. A tal punto que recuerdo, cuando era pequeño, cómo fantaseaba con mi propio terreno de baseball; incluso llegué a invitar a un montón de amigos del pre-escolar a jugar en el mismo. A pesar de que me llevé un regaño tremendo de mi madre, poner cuota a mi imaginario no era una opción.


Así fui creciendo y alimentando mis ilusiones. A medida que algo me gustaba y lo adoptaba como mío, dejaba volar mi imaginación. La lista era larga: pilotear el Halcón Milenario, visitar la isla misteriosa o ver anotar a Totti en el Olímpico de Roma. A veces los deseos y los anhelos no dependen de uno, o quizás se requiera de mucho trabajo. Pero existen ocasiones en que -simplemente y casi sin quererlo, como por arte de magia- un sueño se cumple. Como la historia que les contaré hoy.

Era noviembre del 2018, no recuerdo bien la fecha, sí que era un noviembre cálido pues ya saben aquello de que “Cuba es un eterno verano”. Era un día como otro cualquiera: rutina de trabajo, quehaceres hogareños y la posibilidad latente de disfrutar de algún partido de fútbol al final del mismo. Entonces suena el teléfono y un gran amigo del otro lado del auricular, apenas sin saludarme, me dice: «No vas creer a quien tengo a mi lado, a que no adivinas”. Obviamente la sarta de nombres que lancé fue larga, nunca acerté. Me dijo de sopetón: “Estoy trabajando con Vincenzo Montella”. Yo quedé impávido y pensativo, a la mente me vino su clásica celebración tras anotar un gol: brazos extendidos y corriendo como loco por la grama, un festejo que los más veteranos vieron unas cuantas veces, “Il Aeroplanino”, le apodaron.

Hablamos de un hombre campeón de la Serie A y anotador de la nada desdeñable cifra de 141 goles en dicho campeonato. Un delantero que con su 1.72 marcó época en Italia, junto a un tal Batistuta y un tal Totti, además de los míticos Cafú, Walter Samuel, Emerson y Aldair. Un campeón de la Serie A con la AS Roma y un subcampeón europeo con la selección nacional italiana. Mi reacción fue tremenda, siempre estuvo en mi lista estrechar la mano de uno de mis ídolos futbolísticos, pero jamás pensé en hacerlo. La noticia de que “Vinny” visitara mi Habana fue motivo de alegría y de inevitables recuerdos pero, hasta ahí.

Los buenos amigos no tienen precio y a veces te sorprenden. Un par de días después, una vez más mi teléfono sonó: “¿Estás libre mañana? Hablé con Montella sobre un loco amigo mío que a más de ocho mil kilómetros lo siguió durante su carrera y lo admira”. Me dijo además que el italiano se sorprendió al contarle sobre mi existencia, sobre todo por el hecho de que en una isla en el medio del Caribe alguien pudiera interesarse por el balompié de su país e incluso por el equipo de la capital italiana. “Te invita a un café mañana, quizás hasta te saques una foto”, agregó. Mi corazón latía a mil, me corrían las gotas de sudor y la alegría me invadía. Lógico, ¿no? Para un fanático del más universal, que respira goles y exhala pasión, tener la oportunidad de compartir con un ídolo es motivante.

Hasta que finalmente lo tuve enfrente, mesa de por medio y café en la mano. No fue difícil darse cuenta el tipo de persona que es, un tipo carismático y con una sonrisa siempre impregnada en el rostro, amable y conversador. Como es lógico hablamos poco de fútbol. Luego de su experiencia en Sevilla se tomaba unas vacaciones y respeté eso. Pero su amabilidad y buena fe eran palpables, sin lugar a dudas una gran experiencia. Lo viví y lo disfruté y de algo estoy seguro: jamás lo olvidaré. “El Vinny”, Vincenzo Montella, el hombre que hoy dirige en la Serie A y acumula más de trescientos partidos como director técnico. Un hombre cuya sencillez encanta, el 9 que conocí mediante casettes de video, recortes de periódicos y pegado a la pantalla de un televisor en un hotel -donde era imposible escuchar al narrador- estrechó mi mano y tomamos un buen café mesa de por medio.

Quizás haya sueños que se cumplan con trabajo y sacrificio. Quizás todo se trata de no dejar de soñar jamás. Los sueños y las ilusiones son la leña que mueven mi mente y el oxígeno de mi alma. Aquella vez que monté en aeroplano lo demuestra.

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