LAS COSAS DEL FÚTBOL
La columna de Lorenzo Martínez Gener
Desde que tengo uso de razón el fútbol envuelve casi la totalidad de mis momentos más gratos. El romanticismo del juego de antaño fue erigiendo el concepto que tengo sobre este bendito deporte. Las cosas del fútbol no tienen épocas. Los grandes jugadores, los equipos ganadores y los partidos vibrantes trascienden en el tiempo perdurando hasta la eternidad, con un nivel de idolatría digno de los profetas divinos o los dioses de la Antigua Grecia.
Ver jugar en la actualidad a chicas como Marta Vieira es una verdadera pasada. Sus regates son característicos del juego extinto de un Brasil en el cual el fútbol es patrimonio nacional.
Algunos estudios revelan que en la actualidad hay equipos que cuentan ya con más de un 30% de espectadoras, la mayoría de las cuales no van al estadio a acompañar a sus parejas, sino que disfrutan realmente del juego animando a su equipo durante todo el partido.
Pero no siempre fue así, muchos tragos amargos han tenido que tragar las féminas en el pasado para poder disfrutar de la panacea actual. A finales de los años 50 del siglo pasado, disfrutar en vivo de la magia de Di Stéfano o Kubala sería una experiencia incomparable pero en efecto, en un campo de esa época prácticamente no había mujeres presenciando los partidos, alguna suelta acompañando a su marido. Ni que hablar ver a una dama arbitrar un juego de clubes donde solamente podían intervenir hombres.
Las iraníes después de 20 años de lucha lograron en el 2009 que el presidente Ahmadineyad decidiera magnánimamente permitirles el acceso a los estadios, claro está convenientemente separadas de los hombres. En Rusia, una potencia mundial, la suerte de las chicas seguidoras del fútbol tampoco ha tenido un camino fácil. Allá por el 2009 ocurriría uno de los casos más polémicos pues el consejo de peñas del Zenit le pediría a la directiva del club que prohibiera la entrada al estadio de mujeres bajo una serie de pretextos cavernícolas tales como que las mujeres distraían a los hinchas del club, además de que cuando estaban rodeados de muchachas no podían saltar ni insultar al contrario.
Aparentemente en eso consiste disfrutar de un partido para estos energúmenos. Mayor sería mi asombro al leer declaraciones de la ex estrella rusa Arshavin quien iba un poco más allá sugiriendo que las mujeres no deberían tener derecho ni a conducir, realmente un despropósito mayor por parte del ex jugador del club de San Petersburgo.
Gracias a Dios las cosas han cambiado mucho desde entonces. Los derechos se han equiparado y muchas jóvenes son las que han accedido a ese club privado para hombres que es el fútbol. Gozar de actuaciones como las de las estadounidenses Alex Morgan y Megan Rapinoe, campeonas del último mundial femenino, la participación en las galas de premiaciones de la FIFA o la inserción en los sistemas competitivos tradicionales a nivel de clubes ya son realidades que hasta hace unos años eran utopías.
La final de la Supercopa de Europa de este verano la viví con gran expectación, sin dudas fue un partido que pasará a la historia no solo por el trepidante final en la tanda de los martirios, sino porque le dio una lección al mundo de que las mujeres y hombres podemos convivir y compartir el mismo espacio-tiempo en una cancha de fútbol. La designación de la referee Stéphanie Frappart fue una apuesta de la UEFA, y un reconocimiento al mal llamado sexo débil que demuestra a diario que el fútbol es sentimiento y pasión, y en eso a ellas no hay quien las supere.