IL DIVINO

EL HINCHA
La columna de Glauber García Lara

Soy un tipo que aprendió a leer y escribir en Cuba post 1959, con todo lo que eso conlleva. Cansado de perder el tiempo y la vida me mudé a USA. No represento a nadie. Solo a mí. Puedo vivir con Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, pero lo que de verdad me lleva es mirar a alguien de frente y hablar por horas. De cualquier cosa…

Cuentan que en tierra de candados existió un cerrajero legendario. Con goles abría las puertas del cielo y los regates eran su llave maestra. Llevaba coleta y Baggio se leía en el dorsal. Muchos le llamaban Roberto. Para la mayoría es Il Divino.

Quiso el destino ponerle obstáculos, como pocos sufrió vejaciones de todo tipo. Lesiones, errores propios y ajenos, incomprensiones técnicas, filosóficas y religiosas. Al final las sorteó todas. Como a tantos defensas y arqueros.

Su imagen cabizbajo en el Rose Bowl es parte de la historia del fútbol. Mientras Taffarel, arrodillado, alzaba los brazos al cielo celebrando el tetracampeonato, a pocos metros estaba él, aun de pie, manos a la cintura y vista al pasto. Vencido sí, jamás derrotado.

La leyenda de Baggio hay que contarla a partir del sufrimiento y el sacrificio. Describirla desde su talento y entenderla como una fábula de vida, pues su legado radica precisamente en el camino que recorrió y no hasta dónde llegó como jugador y cuánto ganó dentro del césped. Vamos por partes.

1 – Apertura

Tras un inicio fulgurante en el Vicenza, la Fiorentina lo contrata en 1985 con apenas 18 años. Muchos ya veían en él ese jugador distinto, de los que surgen de vez en vez. Todo iba bien hasta que su rodilla derecha reventó meniscos y ligamentos. Situación grave y pronóstico difícil dijeron los médicos.

Roberto puso empeño en su recuperación y regresó rápido a las canchas, solo para volver a romperse la misma rodilla apenas un año después. Rabia, impotencia, desesperación. Estaba perdido y la incertidumbre acechaba.
Fue a finales de 1987 que por primera vez tuvo una aproximación al budismo. Maurizio Boldrini le explico básicamente en qué consistía y entonces el camino en su mente comenzó a despejarse. También su carrera.

Adoptó su nueva fe, sin dios todopoderoso ni reglas escritas en libros milenarios. Decidió meditar todos los dias, explorarse internamente y encontrar el coraje para seguir adelante pese a los contratiempos. Muchos pensarán que no hay nada de destacable en su decisión, pero hablamos de Italia, donde la religión católica es todo, o casi todo. Historia y presente. Ley, familia y política van de la mano de Dios.

Reencontrado mental y físicamente inició el despegue. Cada semana sus jugadas llenaban portadas. Desde la “Viola” llegó a la selección nacional y en el Mundial que organizó su país el planeta supo que un nuevo elegido asomaba. Pronto todos sabrían de él.

2 – Solo

Basta decir que el más apostólico de los países adoptó como héroe a un budista, se entregó a sus designios y puso sobre sus hombros toda la esperanza de la “Azurra”, al menos por un tiempo. Así de grande fue. De todos los jugadores italianos que vi ninguno tenía más arte en sus botines, ni Del Piero, Totti o Pirlo. A Rossi los propios coterráneos lo consideran más un gran goleador. Solo Meazza y Gianni Rivera, ídolos del pasado, le resisten la comparación.

Baggio fue el mejor del mundo en su pico de rendimiento. Estaba un paso delante de Romario, Haggi, Laudrup o Stoichkov. Influenciaba todo el ataque de sus equipos y cuando más difícil eran los partidos florecía ese caudal de regates, asistencias y goles que hoy muchos reviven en videos de Youtube. En el campo se ubicaba como segundo delantero, podía recibir en el círculo central o escorado a banda, no importaba, una vez arrancaba comenzaba el slalom. Daba igual si tenía espacio para correr o lo rodeaban varios rivales. Su arsenal técnico lucía inagotable, gracias a un cambio de ritmo frenético, gran arrancada y movimiento de caderas más propio del futbol brasileño.

Como casi todos los derechos buenos su pierna izquierda no era solo para apoyar. Pero la diestra mostraba la mejor educación posible. La maestría que alcanzó al controlar, driblar o tirar a puerta con su pie favorito es de antología. Jamás vi a tantos porteros arrastrando sus miserias en la grama tras una finta, solo “El Fenómeno” se acerca en cantidad. Baggio colocaba la pelota donde deseaba, decidía cuándo y cómo. Dentro o fuera del área. Tal era su arte que marcó casi 300 goles con siete clubes italianos cuando el Calcio era el más fuerte del mundo y anotar 20 en una temporada calificaba entre las 12 pruebas de Hércules. En el punto más alto de su carrera llego USA 1994.

3 – Clímax

Solo he visto dos futbolistas ser tan decisivos para sus selecciones en una Copa del Mundo: Maradona en 1986 y Baggio ocho años después. Italia pasó apenas como uno de los mejores terceros lugares de aquellos antiguos formatos y en la fase de grupos el -en ese momento- vigente Balón de Oro fue una sombra, uno más sobre las infernales gramas norteamericanas.

Eran los octavos de final y la emergente Nigeria estaba eliminando a los creadores del catenaccio. Sacchi no daba crédito. Todos maldecían en el país de la bota hasta que Il Divino decidió que era hora de llegar al Mundial en el minuto 88. A partir de ahí apareció en todo su esplendor.

Tras el empate marcó el segundo y definitivo gol en la prórroga, y no paró hasta la final.
En cuartos eliminó a Zubizarreta y España casi sobre la bocina en el juego del tabique sangrante, después en semis despachó a la Bulgaria de Hristo con par de golazos de billarista. Cuatro días más tarde esperaba Brasil. Con Romário, Bebeto y un adolescente Ronaldo chupando desde el banco de los mejores. Todos por la cuarta estrella.

En la final más aburrida de todos los tiempos ambos se anularon en 120 minutos. Llegaron los penales y Roberto al quinto de la definición, obligado a convertir para mantener las esperanzas de título. Nunca fue más humano. Tras volar la pelota sobre el horizontal comenzó el epílogo de su carrera.

4 – Epílogo

La última parte de su trayectoria se dividió en el Inter, el Milan, el Bologna y el Brescia. En ese lapso hay que recordar cómo se recuperó del escarnio por errar el fatídico penal. Jugó en Francia 98 y tuvo tiempo de silenciar Saint Denis exactamente desde los 12 pasos, no fue suficiente.

Tuvo encontronazos con Lippi, quien le pidió espiar a sus compañeros, a lo cual se negó. Trapattoni prácticamente lo marginó del mundial asiático pese al clamor popular. Para ese tiempo sumaba 35 calendarios y volvía de su enésima lesión de rodilla. Luchó con todo por regresar a la Nazionalle. Hizo merecimientos, “Trap” se negó y su ausencia se notó.

Compartió vestuarios con enormes jugadores, y cuando muchos pensaron que estaba acabado siguió destrozando redes defendiendo equipos menores. Hasta el último partido salió al campo con la pasión del primer día y la claridad de los que encuentran la paz espiritual. Muchos creen que Baggio está en esa lista de grandes futbolistas que casi alcanzaron la gloria eterna de alzar la Copa del Mundo, tan cerca como Cruyff, Puskas, Zico, Platini o Messi. Quiero pensar que no es así. Al menos para él.

Hoy lo imagino meditando cada día, en esa búsqueda constante de iluminación, de ese despertar interno que una vez encontró Buda. Aunque quizás, de vez en vez, recuerde esos días en los que sus regates descifraban cualquier cerradura, sus goles abrían las puertas del cielo y la coleta iba de un lado a otro mientras desde la grada gritaban: «Miren, ahí va Il Divino».

Deja un comentario