HISTORIAS SOBRE LO MEJOR QUE NUNCA FUE

A BALÓN PARADO
La columna de Alejandro Céspedes Morejón

El fútbol es como la vida, golpeas bien la pelota y no siempre es gol…

En un top tres de las preguntas más frecuentes de nuestras vidas estaría el: ¿Qué hubiera sido si…? Porque el arrepentimiento es un balón con peligro de gol en contra muy difícil de despejar del área pequeña.

En esa jugada Pasarella debe ser un experto. Durante sus años como seleccionador nacional argentino fueron varias sus decisiones controvertidas. Redondo era demasiado bueno y lindo para jugar en su equipo, y a Batistuta le estorbaba Crespo, decía el entrenador.

Durante sus mejores años compartieron vestuario pero nunca la misma alineación en la selección. Quizás por eso Argentina perdió campeonatos y oportunidades de hacer las cosas mejor. Ya decía Capello que no entendía como era posible que los dirigentes del fútbol en ese país pensaran de esa forma. Él lo resumía en una frase: «Son cosas de argentinos».

En este país sudamericano, el cual cuenta con la mayor cantidad de psicólogos por habitantes en el mundo, es secreto público que envidian la alegría de los brasileños y admiran la determinación de los alemanes.

Precisamente los germánicos son famosos por su ingenio y perseverancia, pero al apagar las luces, casi la mitad cree en supersticiones. Ahí es donde la mente me hace truco e imagino un final distinto a la que tuvo el Bayer Leverkusen en la temporada 2001-2002.

Neuville, Schneider, Ramelöw y Ballack eran la espina dorsal de la Mannschaft, mientras guiaban al equipo de las eternas promesas desafortunadas a las tres finales posibles con un fútbol vistoso por la combinación de la disciplina y el rigor teutón, con la frescura brasileña de Lucio y Zé Roberto.

El conjunto aspirinero perdió la Bundesliga en la última jornada, la final de la Pokal y en Glasgow, el gato negro de la Juventus en la Champions, Zidane, le clavó el más antológico gol de la finales de esta competencia. Y para terminar el desojado trébol de cuatro hojas, poco más de un mes más tarde Alemania perdió la final del Mundial.

Esos resultados entre la gloria y el fracaso, eran muy confusos para analizar en caliente, así que los bávaros fueron al bar, y con par de cervezas por medio decidieron cambiar la forma de gestión. Afinaron la precisión en el buen juego y el talento puro en las 30 mil nuevas escuelas de formación futbolística que inauguraron.

Esa filosofía se hizo ley gracias a su éxito y por transitividad se trasladó a los clubes. El Bayern Munich la puso en marcha primero con Van Gaal y la finiquitó con el genio temerario de Guardiola, según apunta Martín Perarnau en su libro Herr Pep.

El de Sampedor tiene una maestría en riesgos exitosos. Sus años en el Barça llenaron de gloria a decenas de jugadores, como a Messi que lo elevó al modo Dios. Pero la raíz de esa alquimia estuvo en la decisión de poner a Xavi Hernández como el cerebro en la sala de máquinas.

A Xavi le habían tenido muchas dudas los entrenadores anteriores porque quizás era un futbolista que le exigían más, como en sus inicios en La Masia. Allí, según el propio jugador, él era como los demás. «La Máquina» de aquellos tiempos era Roberto Trashorras.

Este mediocentro de creación no llegó al primer equipo blaugrana. Su mejor rendimiento lo alcanzó bajo el mando de Paco Jémez en un apasionado y efímero Rayo Vallecano que bajó a Segunda en más de una ocasión. Su potencial se congeló en el tiempo mientras su amigo de la cantera catalana crecía y triunfaba, no sin antes pasar por una encrucijada que cambió su vida.

Cuando Guardiola tomó las riendas del Barcelona, limpió gran parte de la plantilla y le pidió a Xavi que no se fuera a Italia donde tenía varias ofertas atractivas en cuanto a dinero y protagonismo. A pesar de la caótica etapa que vivía, decidió quedarse y se jugó su futuro con un proyecto joven, ambicioso y de la mano de un técnico novato.

Si Xavi hubiera decidido escapar del caos, colocando su lealtad del lado del dinero y no al fútbol que pedía su corazón, no le alcanzarían las sesiones con psicólogos para poder despejar de su área pequeña esa pelota pesada que no supo controlar.

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