FIGHT CLUB

EL HINCHA
La columna de Glauber García Lara

Soy un tipo que aprendió a leer y escribir en Cuba post 1959, con todo lo que eso conlleva. Cansado de perder el tiempo y la vida me mudé a USA. No represento a nadie. Solo a mí. Puedo vivir con Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, pero lo que de verdad me lleva es mirar a alguien de frente y hablar por horas. De cualquier cosa…

“La primera regla del Club de Pelea es que no puedes hablar del Club de Pelea”, advertía Brad Pitt al estilo Tyler Durden, desafiante y con brazos cruzados, ante los aspirantes a miembros de aquel violento y testosterónico grupo que él y Edward Norton crearon en la ya icónica cinta de David Fincher 20 años atrás.

Hace unos días Gerard Piqué -en modo Gerard Piqué- amenazó públicamente a la directiva del FC Barcelona y ahora mismo en el seno del club culé hay más peleas que en aquel sótano donde Pitt, Norton y compañía se machacaban a golpes noche tras noche.

Lo que en un momento circuló como rumor en la urbe catalana hoy luce como una realidad casi que incuestionable: el vestuario del Barca tiene un poder desmesurado, y son los jugadores los que dictan cada vez más el rumbo de la entidad blaugrana. El enfado del central partió de un artículo que público Xavi Bosch en Mundo Deportivo, donde entre otras cosas el periodista denunció todas las libertades que había otorgado la presidencia a los jugadores en los últimos años, además de acusar a otros de peseteros, de operarse según su conveniencia y hasta de nombrar al sustituto de Tito Vilanova. Bosch rompió la primera regla y eso Piqué no lo podía permitir.

Mas allá de la certeza o falsedad de sus acusaciones, la sensación de las pasadas temporadas es que Bartomeu no es quien lleva las riendas del Barca, funge quizás como administrador, pero casi seguro no de presidente. Al menos no como uno que toma decisiones claves. Las señales están ahí, no hay que ser Pepe Carvalho para detectarlas. Culebrón (Parte 1 y 2) de Griezmann. Renovar confianza en Valverde una tercera temporada. Intento fallido de recuperar a Neymar. Todas las decisiones capitales van dirigidas más a contentar los deseos del locker room que en beneficio del club.

Y es que el éxito iniciado por Rijkaard, elevado a la eternidad por Pep y culminado con Luis Enrique, lejos de potenciar la perenne filosofía de Més que un Club, mutó a una versión muy peligrosa de glorificar a héroes imprescindibles y, peor aún, insustituibles.
Si los fanáticos de la ciudad de Gaudi y Dalí sintieron por primera vez lo que era mirar desde arriba a sus archienemigos merengues fue precisamente por confiar en un proyecto grupal, en una doctrina tatuada desde edades tempranas, con identidad propia y fe en el talento hecho en casa.

Hace mucho tiempo que el Barcelona dejó de ser un referente si de explotar la cantera se trata. La Masía, esa fábrica inagotable de talento no es lo que solía ser, y en Can Barca no existe un proyecto a presente ni futuro, es un equipo que vive del resultado actual, casi siempre encomendado a Messi y al resto de los pesos pesados del vestuario azulgrana. Si bien esta nueva dinámica les sirve para dominar el torneo local, los últimos estrépitos en Europa, lejos de provocar ajustes lógicos en la estrategia de la institución y cambios en la plantilla, solo trajeron fichajes millonarios que mejoraron poco o nada, y una vigorización del núcleo fuerte de jugadores establecidos y con más tiempo vistiendo el azulgrana. Lo de Piqué es solo la última muestra. “No nos hagan enfadar”, advirtió.

Por eso la noticia de que Bartomeu se reunirá con el tercer capitán en los próximos días para zanjar las diferencias y capear el temporal suena a disco rayado. Al final los que llevamos tiempo siguiendo el fútbol sabemos qué pasa cuando un vestuario con tantos egos mayúsculos acostumbra a imponer condiciones.

Deja un comentario