JUGAR A SER EL MADRID

AL PRINCIPIO FUE EL BALÓN
La columna de Magol Alejandro Valdés

«Durante el séptimo día, Dios se dio cuenta de que faltaba algo y dijo: ¡Que haya fútbol!
Y vio que era bueno.
Creó además el balón para que todos tuvieran las mismas oportunidades.
Y entonces, al ver que su creación estaba completa, Dios descansó.»

A mi amigo Edua, el más Rappan de todos los Galeanos.

Nunca existió sensación tan parecida a la que se palpa entre los hinchas de un club de fútbol que inicia un nuevo proyecto, como la que solía brotar en los pasillos de cualquier maternidad -antes de la invención del ultrasonido- cuando una de las madres gestantes traía un varón a este mundo. La noticia, en ambos casos, arrastra cual tsunami la cordura de toda la familia, convirtiendo a sus miembros en felices, orgullosos, inspirados y optimistas, por ese orden.

Cuando el entrenador elegido para iniciar el supuesto proceso posee fama de ganador, también se nos presenta la evocación perfecta a aquellos gritos del abuelo saliendo del salón de parto: «¡Es un machooo… grande y fuerte!». Y ahí, tirado aún en la camilla, sin siquiera haber sido cortado su cordón umbilical, ya está el padre imaginando un médico, un abogado o un ingeniero nuclear.

Pocos equipos encarnan de manera tan perfecta la analogía del triunfalismo machista como el Real Madrid de siempre. Tampoco existen tantos que interpreten mejor los conceptos necrológicos del fútbol como la versión zidanesca contemporánea. La misma ha puesto de manifiesto fielmente aquella sentencia doctrinal de «Nunca les den por muertos», trasladada entre generaciones futboleras como una regla que advierte a los rivales. Interpretar la esencia de la misma quizás hasta podría hacernos comprender que morir en París era un deseo. Unos lo llaman resurrección, otros sencillamente no creen en el aparente deceso. El Madrid es como el Kalingono de Livingston, una especie rara de pez depredador, que simula su muerte para atraer a todo lo que se convierte en su alimento. No hay mayor ilusión para los blancos que vivir estando muertos, aún sin una idea limpia respecto a cómo hacerlo.

Es imposible encontrar a lo largo de la historia una institución tan despreocupada del camino hacia el éxito, a la vez que obsesionada demencialmente con el mismo, como el Real Madrid. La forma, el estilo, la cultura, la educación o el futuro siempre se han considerado cuestiones menores a orillas de la Castellana. El único patrón reconocible y admirado es el de la pelota entrando en la portería rival, lo demás son nimiedades. Y no intenten ni por un segundo cuestionarle a un madridista de tronío cómo se practica este deporte; zanjaría la conversación con el clásico «Somos el Madrid», el eterno mandamiento de la religión merengue. Y nada más. Quizás el madridismo supone que en la vida no se trata tanto de parecerse a uno mismo sino de no parecerse tanto al rival. Así que como en el Camp Nou ganar nunca ha sido suficiente, en el Bernabéu todos tienen muy clara la manera de jugar: a algo que gane.

Muchas veces me preguntan si soy realmente madridista. Otras tantas, incluso, me lo pregunto yo mismo, negándome la respuesta, por miedo a engañarme. La única verdad es que cada día que pasa me siento como el padre de aquel niño pequeño que nace cada cierto tiempo, a quien sueño graduándose de una carrera brillante pero que termina casi siempre dejando los estudios y eligiendo ganarse la vida como sea, si es que tal cosa lo hace sostenerse. A fin de cuentas el club de Concha Espina se parece un tanto a mí: que doscientos empleos después y muy a pesar de que mi madre me haya soñado estomatólogo y mi padre arquitecto, me la pase jugando peligrosamente al articulista futbolero con ansias de éxito y sin apenas preparación. Más o menos así como el Madrid y los madridistas: con muchas dudas respecto a cómo hacerlo, aspiran a ganarse un Pullitzer sin haber escrito el libro primero.

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