LÖW Y EL PERFUME

AL PRINCIPIO FUE EL BALÓN
La columna de Magol Alejandro Valdés

«Durante el séptimo día, Dios se dio cuenta de que faltaba algo y dijo: ¡Que haya fútbol!
Y vio que era bueno.
Creó además el balón para que todos tuvieran las mismas oportunidades.
Y entonces, al ver que su creación estaba completa, Dios descansó.»

A cada rato intento descubrir qué representó para los alemanes más tradicionalistas el antológico 1-7 a Brasil: si el culmen del proceso transformador iniciado años atrás, o acaso la mayor de las traiciones a aquellos valores sagrados que fueron olvidados durante el trayecto.

Más allá de euforias y nacionalismos involuntarios como actos reflejos a la exageración del resultado, habría que interpretar el verdadero significado cultural y filosófico que quedó de aquella tarde cuando -sin atisbos de pelotazos ni centros al área- Die Mannschaft le dio un mordisco voluntario a la historia, redescubriendo una civilización encorsetada en términos físicos y desmintiendo además la incompatibilidad entre la estética y la fuerza mental teutona de toda la vida.

Quizás aquellos a los que nunca convenció el cambio de estilo, esperaron cual posesos por un cataclismo de grandes dimensiones para comenzar una vez más con la desacreditación del modelo. Y como en estos casos siempre tiene que haber un cabeza de turco, los `más alemanes´ han encontrado en la figura de Joachim Löw al presunto culpable. Luego de la exigua oposición mostrada en los últimos torneos disputados, los materialistas radicales piden obcecadamente a Löw que cambie algo o, en su defecto, a Fritz Keller que cambie a Löw. Poco importa ya que la Federación Alemana haya llevado a cabo -durante tanto tiempo- su particular cruzada por transformar conceptos establecidos genéticamente por años.

Aunque se afirme lo contrario -en medio del gentío que se alegra por la nueva Alemania- aún cohabitan quienes añoran los tanques, los portaviones, los bombarderos -y demás fetichismos bélicos- como señales genuinas de unos valores extintos para un bien superior, artísticamente hablando. Además, a Löw se le achacan síntomas de agotamiento, aún con la clarividencia y el valor demostrados para iniciar la renovación. El técnico nacido en Schönau acaba de demoler varios muros importantes (Boateng, Hummels, Özil y Müller), pero continúa apostando por una pared de carga que la mayoría también hubiera derribado. La decisión de mantener a Neuer en lugar de Ter Stegen podría terminar con el entrenador bajo los escombros. Pero Joachim se mantiene firme en su decisión y no cede, demuestra que tiene un plan aunque sea peligroso y descabellado.

Sus principios lo llevarán al extremo de que cada gol en contra se transformará en un ataque a su yugular, esa parte de su cuerpo que muchas veces está simbólicamente resguardada por una bufanda. La pieza quizás represente como pocas el progreso del fútbol alemán, aunque eso traiga consigo una verdad muy prejuiciosa: Alemania tiene un entrenador más parecido a Noel Gallagher que a Heinrich Himmler. A Joachim -probablemente el máximo responsable del Renacimiento futbolístico teutón- por cada derrota se le exigirá al menos que se confiese y pida perdón por sus pecados. Estoy seguro que Jogi -como tipo de ideas firmes- terminará llegando a aquella singular conclusión del mismísimo Michael Corleone: «¿De qué sirve confesarme si no me arrepiento?

La verdad es que viendo una imagen de Löw, bien podría pensarse que se trata de un asesino serial más que de un mafioso común. Después de haberse mostrado unas cuantas veces `ligado a sus olores´, el entrenador alemán fácilmente nos haría recordar a Jean-Baptiste Grenouille, el maquiavélico personaje de la novela El Perfume. Puede que al igual que el obsesionado perfumista, Joachim solo necesite tiempo para terminar su obra. Quizás si eso sucede, todos caigamos rendidos nuevamente ante su esencia futbolística.

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