LEGIONARIOS, ENTRE EL CONSENSO Y LA NECESIDAD

EL PUNTO CENTRAL
La columna de Raul Hernandez Lima

Se vive mejor cuando el cuero rueda dentro de las líneas. Dicen que hay vida más allá, pero no es vida. La maravilla es redonda y es blanca…

Pocos conceptos me resultan tan soporíferos en el fútbol cubano como el de «Legionarios». Aún cuando el hastío embadurna hasta el último resquicio de la superficie futbolera nacional y el aburrimiento y la rabia saturan a unos y otros (dependiendo siempre de qué lado se contempla el fenómeno).

El término como intento de nombrar los futbolistas cubanos que juegan ligas extranjeras me parece un desmedido ademán de marketing, otro alarde de nuestra cubanía hiperbólica y surrealista.

No hay motivos que justifiquen el epíteto más allá de la elucubración y las ganas de verlos (por fin) desembarcar con la franela de las cuatro letras en una cancha de fútbol y pelear. Quizá el término ‘pelear’ determina simbólicamente y justifica el sobrenombre. La falta de pelea o quizá el exceso (para el cubano ‘fajarse’ recurrentemente es hacer cualquier cosa cuando no se sabe en realidad lo que se está haciendo), justifica la noción de que se necesitan soldados en esto del fútbol cubano. Pero es quizá ese el mismo argumento esgrimido por quienes los ignoran.

La fauna de los legionarios es tan heterogénea como contradictoria en ocasiones. Puedes de pronto ver un legionario que meses antes de abandonar la selección cubana no lo era. Para muchos el término engloba a quienes juegan fuera de Cuba, no importa a veces dónde. Ya sabemos que lo extranjero para el cubano es siempre suculento. Aún así se reclaman, mayoritariamente los de probada calidad.

Pero no hay consenso mayor, ni tanta fuerza en el reclamo casi total de que nuestro fútbol necesita cambios y no digo unánime porque veo en el término un paradójico velo de exclusividad junto al supuesto falaz que destierra las diferencias humanas más lógicas y levanta suspicacias silenciosas, pero bien que podría serlo.

No hay que ser eruditos para sostener este enunciado. Cualquiera que vea (sufra) las constantes goleadas que soporta la escuadra cubana advierte que algo anda mal. Y decir algo es una visión de mínimos, el sustituto cauto de que todo va mal.

Aquí aparece la ‘legión’ como alternativa de cambio. Como afrenta al inmovilismo de la Federación o la Asociación, nunca entiendo bien la diferencia más allá del asiento del avión y la plaza en los congresos internacionales, que ni siquiera salen a dar excusas del desastre porque no lo necesitan. Mientras los aviones vuelen para ellos no importa que se queden para Onel o Vázquez, para Christian, Apezteguía o Corrales. Tampoco importa la desazón de los aficionados, a fin de cuentas quienes viven del fútbol y quienes viven para él, jamás estuvieron más segmentados y distantes.

Seguramente lo que todos quieren no debe importarles a los responsables de la situación del balompié criollo. Tal vez no importa que Pablo Elier Sánchez o quien sea que ocupe en el futuro el puesto como DT de la selección, reclame las piezas que necesita para intentar jugar fútbol en lugar de evitar goleadas. Siempre habrá una clasificada justificación. Como si jugar la pelota fuera una cuestión de Estado.

Hablar de resultados solamente por la inclusión de estos jugadores, valga decir cubanos con derecho propio que no es dado a nadie patentar, sería tan osado como ingenuo. Explicar con su ausencia la nefasta actuación internacional de la selección es también desconocer los mil y un desvaríos de la odisea, los que se van con sus motivos o sin ellos, las visas que no llegan, las marcas que no cumplen. Pero a estas alturas quien no tenga la certeza de que sin ellos el juego es la crónica de una muerte anunciada, quizá debiera saber que nunca antes la intransigencia hizo tanto daño.

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