BALÓN DIVIDIDO
La columna de Javier Arguelles
La diferencia entre el triunfo y el fracaso depende más de lo que queremos creer de los goles marcados o no marcados en los que la suerte es el factor determinante.
Alejado de los grandes focos mediáticos, de las pasarelas y los grandes premios, se encuentra un entrenador brillante. Un míster de equipos que no levantan trofeos, ni copan portadas de periódicos, tampoco titulares en los noticieros. Distante del glamour, de los puestos altos de la clasificación, José Luis Mendilibar vive, o mejor dicho, compite.
Su última obra, el Eibar, supera lo extraordinario. Un equipo de autor a pesar de los pocos recursos con los que cuenta. Los armeros son de esos conjuntos que cuando saltan al terreno no te engañan. Sabes como van a jugar y sea cual sea el resultado no te decepcionan.
Presión alta sobre la salida del rival y tras pérdida, convirtiendo en una constante jugar en terreno enemigo, mucho centro lateral y segunda pelota. Así generalmente transcurre la vida en Ipurúa. Intensidad, ritmo, presión, segunda jugada. El Eibar parece siempre jugar al borde del precipicio con su línea defensiva jugando muy cerca del mediocampo.
Por eso no
sorprende que los guipuzcoanos aparezcan entre los líderes en la tablas
estadísticas de la temporada pasada, de centros realizados, más tiempo
en terreno contrario, más duelo ganados o más intervenciones de su
portero fuera de su área.
Un equipo volátil como su entrenador,
vibrante en cada momento del partido y del campeonato, valiente y
extremadamente competitivo. Es la única manera en que se explica que uno
de los clubes con menos presupuesto de la categoría no sufra para
mantenerse y que roce los puestos europeos.
Me imagino a Mendilibar con su carácter siempre agitado en su pequeño y maltrecho campo de entrenamiento, con el barro hasta las rodillas por las torrenciales lluvias vascas, pidiéndole a sus jugadores repetir una y otra vez la presión, cómo ocupar bien los espacios para ganar la segunda jugada. Me lo imagino convenciendo a su grupo de que la única manera en la que pueden ser mejores que el rival es siendo más intensos, más solidarios, más equipo.
Ahí está Mendilibar, en una geografía hostil, entre montañas y ríos, en un punto medio entre San Sebastián y Bilbao, haciendo un poco de historia, divirtiendo en una pequeña ciudad con muy pocos recursos pero con mucho trabajo, haciendo honor a una copla lugareña que canta:
«En éuskaro rincón escondido
hay un pueblo, olvidado tal vez,
donde impera por ley el trabajo
que es orgullo sin ser altivez.»