El escobazo inconcluso de Solari

PRESIÓN ALTA
La columna de Eduardo Grenier Rodriguez

La presión alta me dura siempre 90 minutos. Tengo más equipos que pelos en la cabeza, pero sueño con ver al Espanyol ganar una Champions. Sigo pensando que la Segunda División de España es la mejor liga del mundo y que Pirlo es mejor que Maradona. Escribo porque mis goles solo los puedo anotar con tinta… y muy de vez en vez, cuando el portero se despista….

Barrer. Eso hizo Solari. O eso quiso hacer, a decir verdad: tirar por el barranco del olvido toda la hojarasca fétida dejada por sus antecesores, verter un puñado de sal y pimienta en el caldo insulso y anodino del juego madridista y sacudir, casi agrietar con sus propios dientes el subsuelo de un club dormido. Reitero, eso quiso hacer y quizás por osado, o por ingenuo, hincó su rodilla delante del palco de Florentino mucho antes de lo debido.

De proyectos baldíos está empedrado el camino al fracaso en el fútbol y el propio señor Pérez, otrora vehemente conquistador del éxito, o al menos de los soldados indicados para conseguirlo, al parecer ha sucumbido ante el sopor de la costumbre y su energía, antes criticada, ha pasado a convertirse en una cautela igual de peligrosa.

Ya lo dice el dicharacho: a veces es mejor detener a un loco que empujar a un tonto. Lo cierto es que la idea trillada de ganar a toda costa ha encontrado en el presente de mercados revueltos el primer pedrusco hacia la senda de los títulos. Zidane, si bien aupado por su aura ingénita, logró llevar el frenesí a la parroquia blanca a base del alimento más gustado por las huestes del Bernabéu: la Champions. Incluso, en un plausible proyecto continuista capaz de aunar en una sola lo mejor de las ideas de Ancelotti y de Benítez, logró también engordar las vitrinas blancas con una liga para el recuerdo.

Todo esto fue, valga decirlo, un oasis en la segunda administración de Florentino, tras años rondando en medio de la ruleta y del capricho. Pero el francés, inteligente en todo momento, recogió sus maletas y dejó tras de sí los restos de un conjunto que ya había golpeado su techo. Lopetegui fue la víctima, casi el kamikaze que amarró su cuello a la soga hasta morir ahogado. Solari, un tipo audaz y curtido sobre el césped, máster simbólico en las ciencias futbolísticas, fue quien se percató de la solución a la modorra en la que hiberna hace años el Real Madrid.

El indiecito, verbo elegante y acento gardeliano, bonaerense sin tapujos, quiso pasar la escoba sobre el conformismo y una meritocracia falsa, cínica, casi prostituida en beneficio de las viejas glorias.

Osó molestar las narices del elitismo y cuestionar las decisiones de los sabios autoproclamados. El mayor error de Solari fue intentar imprimir al equipo un sello necesario a base de c… oraje. Instó a correr, a presionar, a manchar el escudo de sangre y de barro, pero nunca de vergüenza -que diría el mítico Bernabéu-, a jugar «con dos c…» incluso en los suburbios de Melilla.

https://youtu.be/Wwn_IWQMMxI

Pero su entusiasta revolución, aplaudida y apoyada por algunos, encontró también la negativa altanera de otros «seres superiores». Mi comodidad no la va a romper este, dirían. Y Zidane decidió volver, en un cándido intento por tranquilizar las aguas. Solo su aura le salvará, porque la hojarasca dejada por los caprichos de los mandamases sigue ahí, tan sucia como antes. O más.

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