EL PUNTO CENTRAL
La columna de Raul Hernandez Lima
Se vive mejor cuando el cuero rueda dentro de las líneas. Dicen que hay vida más allá, pero no es vida. La maravilla es redonda y es blanca…
El árbitro anuncia con el silbato el comienzo del partido. Carlos la mueve en el círculo del medio y la hace correr alegre por el pasto. A ambos costados le acompañan dos de sus compañeros, acaso escuderos en carrera frenética para agredir al enemigo, para herirlo de muerte y poner el balón a dormir entre las redes.
El número diez en su espalda atrapa la mirada de todos y él lo moja de a poco con el sudor que ya comienza a brotar de su cuerpo.La carrera no para. A veces caracolea, esconde el balón entre sus pies para deparramar algún rival, otras la pica sobre las piernas amenazantes de los mismos. Sabe como nadie que la una es para frenar la pelota y la otra para arrancar de las suyas el impulso, para parar su carrera bruscamente y hacerle caer sobre el suelo.
Carlitos intuye la afrenta y salta bien alto para evadir la amenaza. Sus dos compañeros le siguen acompañando, están dispuestos a correr tanto como puedan, ahora para ayudar, quizá luego para estar ahí, para ver de cerca la maravilla. Pero el dueño del balón no piensa compartirlo, ni siquiera levanta la cabeza para ver. Está dispuesto a llegar al final y encajar la daga al rival que lo busca desesperadamente.
Sigue sin embargo driblando. Unas veces la pisa, otras tantas la pone lejos del defensor de turno y corre. Corre como si en ello le fuera la vida. Y gana. En su cabeza suenan aquellas palabras y se siente Diego en el camino dejando tirado a tanto inglés.Son docenas de ellos. Debían ser sólo once pero aparecen por todos lados, detrás de uno ya está el otro, luego otros dos.
Al fin siente el césped del área rival. Sus dos socios están ahí pero sólo consiguen ser espectadores de lujo, actores de reparto siquiera que se frenan y observan. Hay uno en cada palo, pidiéndola tímidamente. Después de tanto saben que no la soltará. Le ha costado tanto llegar allí como para entregar la gloria ahora. Le saben determinado a terminar el trabajo. Después de todo no será en vano tanto esfuerzo.
Es entonces cuando salen los dos últimos defensas. El tiempo se ralentiza. En su cabeza sólo tiene espacio un pensamiento: tiene que ser gol. Levanta la pelota y corre para escapar de ellos. El público no se escucha a estas alturas, yertas las gargantas, helados los corazones de los presentes mientras ven como el arquero abandona su feudo y sale furioso a proteger su casa aunque en ello le vaya la vida.
Carlos la pisa y le mira fijamente. Le ve venir. Entonces amaga con soltar el proyectil pero no ha llegado allí para rifar la pelota. No permitiría jamás que ese disparo encuentre la anatomía del portero que ya se expande ante él cuando advierte la amenaza. Inesperadamente el diez clava los pinchos de su zapato sobre la grama húmeda y hace pasar de largo su última amenaza tocando hacia el costado la esférica y propina un zurdazo endemoniado. La blanca se pierde rápidamente ante la vista de todos y casi arranca la red de golpe.
Todos enloquecen. El grito ensordecedor abrasa al héroe y casi siente que lo llevan en brazos, coronado con ramas de laurel y olivo. No puede ser más feliz. El grito de ‘Carlos’ se escucha nítidamente como si una sola voz lo cantara mientras levanta las manos al cielo y se arrodilla frente a la multitud. La voz parece cada vez más sincronizada y conocida. Le recuerda tal vez a su madre.
Abre los ojos y se nota rodeado de cosas conocidas. Ya estuvo antes allí. La voz lo persigue pero ya no exalta su hazaña, más bien parece que lo reprendiera. Abre los ojos y descubre a su madre agitando las manos mientras se acerca a él. Se toca entonces la camisa bordada con retazos de tela para simular el diez, descubre con angustia que la suela de sus zapatillas son las ásperas plantas de sus pies. Ha roto otra vez el cristal de la ventana. Su madre se acerca y Carlos corre otra vez. Como si en ello le fuera la vida…