SECUESTRAR A GUARDIOLA

FÚTBOL DISTINTO

La columna de Magol Alejandro Valdés

Dijo Arthur Schopenhauer hace casi dos siglos que «el odio a una persona tiene sus raíces en la estimación involuntaria de sus virtudes». La frase -rescatada de un gran libro recién acabado de devorar- me ha devuelto de alguna forma a la aversión que inexplicablemente continúa generando Josep Guardiola, a esa práctica tan viciada y facilista que tiene el populismo de alinearse en su contra. Envuelto siempre en un halo de censura debido a su dialéctica,

Guardiola jamás ha logrado una admiración unánime respecto al legado de su obra, sin dudas una pieza museable en solo diez años de carrera. A pesar de patentar una propuesta conceptual -inmortalizando un estilo en torno a la pelota como punto de referencia- pareciera que este mundo aún se asusta ante el éxito de Pep. A veces tengo la sensación de que el catalán sería mucho mejor aceptado si no fuera tan perfecto.

Guardiola ha sido para el fútbol mundial como ese chico del aula a quien no soportábamos por inteligente, aquel genio flacucho que riéndose resolvía problemas de matemática en la pizarra. En su lucha por entrar en la historia como mánager para todos los tiempos, Pep ha enfrentado como nadie la incomprensión popular. Incluso a día de hoy todavía existe alguna que otra corriente futbolística que continúa sin asimilar su primacía e intenta promover la negación o el rechazo a su mensaje. Como Joe Jackson -periodista inglés del diario The Guardian– quien la pasada semana se posicionara del lado de esos zombies que justifican con una sola frase el discurso de un año entero y esperan con paciencia por ese mal partido del City en la Champions, para así demostrar la inviabilidad del modelo.

En la actualidad mientras todos convierten el fútbol en una práctica puramente partidista, alabar a Guardiola es casi un acto subversivo: no está prohibido, pero muchos se esconden para hacerlo o al menos no lo demuestran en público. Desacreditar al nacido en Sampedor, más allá de una moda, constituye un vicio. Y yo -en medio de todo este fenómeno- me harto a cada rato de tener que pedir perdón por amar su idea o de esperar por ese día cuando todos dejen de considerarlo un hereje, algo que seguramente suceda cuando recoja sus maletas y se largue, o se muera.

Por eso, aunque suene descabellado, estoy planeando secuestrar a Guardiola; desaparecerlo para siempre, atarlo en un establo de esos a mitad de la nada donde nunca lo encontrarían, sin cobrar un duro por su rescate. Quizás a Pep no le guste la idea, pero nos haría a ambos un favor: la humanidad lo pondría a la altura de Da Vinci o de Cristo, y yo -que probablemente termine en una celda- comenzaría a tener la razón.

Un comentario sobre “SECUESTRAR A GUARDIOLA

Deja un comentario