TOQUE CORTO
La columna de José Eduardo Borrego Zaldívar
A veces la gente necesita héroes. Quizás la necesidad de alguna obra milagrosa lo genere o quizás la propia excepcionalidad de la circunstancia lo haga inevitable. Así ha pasado a lo largo de la historia, algunos han sido mitificado como leyendas, a otros sólo como valientes, y de otros solo queda su propia memoria y una medalla desgastada en su pecho.
El deporte casi como ninguna otra actividad, ha creado héroes, leyendas, valientes, pero sobre todo olvidados. Muchas veces la banalidad del espectáculo obliga a la memoria histórica a pasar por alto a figuras claves; otras sin embargo quedan pétreas bien por lo descomunal de su proeza o las circunstancias que rodearon su hazaña.
Asimismo, con el fútbol la humanidad ha presenciado algunos de los actos más memorables en el deporte. Desde partidos donde ganar significaba la muerte segura, hasta silenciar un estadio con el más inesperado de los resultados. Cada país, ciudad o equipo, tiene sus propios héroes y hazañas que han incorporado al folclore popular. La afición muchas veces no perdona, pero tampoco olvida.
Nos toca vivir en estos tiempos hipermediatizados, donde la frivolidad va de mano con la banalidad, donde por desgracia el balón gira alrededor de un modelo de negocios y no uno futbolístico; en estos tiempos, el fútbol necesita más héroes, pero sobre todo los chicos necesitan de ellos. No necesitamos más ídolos sintéticos, esos que se inventa el mercado más como fórmulas publicitarias que como referentes deportivos.
Necesitamos más “de carne y hueso” y menos instagramers. Lo verdaderamente triste es que nadie queda libre de una maquinaria regida por maquiavélicas fórmulas de marketing. Ni siquiera aquel cuya virtud en los terrenos de juegos y su tímida personalidad lo elevan a status de leyenda. No va sobre satanizar ni la figura, ni sus formas de ingreso, pero basta ya de elevar a determinados jugadores a un estado de «santidad», cuando “pecan” de los mismos “males” que otros acusados de frívolos, indiferentes o banales.
Repito nadie está exento, todos de alguna forma tienen que participar en el juego. La afición ha cambiado –quizás ha sido inducida-, y resulta espeluznante comprobar como en algunos casos, los influencers han desplazado a “jugadores de pueblo”, como los ídolos de la afición. Aunque por suerte todavía no es un mal generalizado, ciertamente el futbolista ha mutado en una suerte de mercancía. Todo ello ha generado nuevos apartados a tener en cuenta por los clubes para completar un fichaje.
Cantidad de seguidores, posibilidades de expandir la marca en su país de origen, contratos publicitarios, etc.; son algunas de estas variables. Muchos defenderán que la comercialización del deporte genera importantes ingresos que permiten sostener las grandes competiciones –en ocasiones verdaderos shows mediáticos-; y en algunos puntos ciertamente llevan razón.
No obstante, el fútbol necesita de héroes de carne y hueso, de esos que no conviertan en triviales y manidos los –ya trillados- valores del fútbol y el deporte en general. Que hable en la cancha, más que en la zona mixta, que finalice más goles o asistencias que comerciales en la TV. Uno que le importe lo que hace y que suda, sufra y respete los colores más que sus compromisos publicitarios. Ojalá, si no existen, que la gente se los invente.