Los fracturados y el olvido

MEDIA VOLEA, la columna de Ernesto Amaya Esquivel

Ser atleta exige un sacrificio enorme que no siempre se traduce en resultados a largo plazo. Unas veces se llega a la cima, en otras quedas justo ante las puertas del éxito. El deporte termina dependiendo de tantos factores internos y externos que por momentos he llegado a creer que de verdad existe la suerte.

El fútbol no escapa a este fenómeno. Cuántas veces hemos visto a un niño pintar para crack y luego se esfuma, desde el propio barrio hasta en las principales ligas europeas. O cuanto hemos escuchado sobre un Messi armenio, un Cristiano dominicano, un Zlatan polaco o un Maradona búlgaro, pero a ciencia cierta han salido muchos con mote de gran futbolista y han pasado al olvido más rápido que la canción de turno. La prensa infla, pero también te hunde.

Otro de los aspectos latentes en el futuro de los futbolistas son las lesiones. Para algunos la vida jamás ha sido igual y saltan a mi memoria roturas espantosas en medio de un partido, de esas que siempre llevan un gran tiempo de recuperación y en el peor de los casos jamás han regresado.

Viendo lo ocurrido con el portugués André Gomes en el partido Tottenham-Everton el pasado fin de semana, me percato de cuanto sacrificio lleva salir todos los días a la cancha, a donde entras caminando y puede que alguna vez te retires en camilla sin saber cuándo volverás.

Gomes no ha sido el único: Ronaldo, Luke Shaw, Antonio Valencia, Djibril Cisse, Francesco Totti, Jacob Olsen, Simone Pepe, Eduardo Da Silva, Eidur Gudjohnsen, entre muchos otros que ni tres cuartillas alcanzarían para nombrar. Todos han tenido en sus piernas el mismísimo infierno y entre varillas, tornillos y operaciones han resurgido como el ave fénix.

La vida y el deporte dan revancha. Levantarse de una caída supone el principio de una victoria anticipada. De los olvidados algún día se sabrá porque la Wikipedia existe, mientras que los fracturados generalmente terminan en el punto donde todo empezó, la cancha.

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