Messi y Cristiano: Cromosomas futbolísticos.

A BALÓN PARADO, la columna de Alejandro Céspedes Morejón

De acuerdo con el criterio de varias mujeres -porque no soy gay y no he entrado en esas conversaciones con mis amigos homosexuales- el macho dominante debe ser un tipo con el sudor fuerte, de ese que se queda en la ropa después de varios usos; con fuerza y bravura necesarias para enfrentar situaciones adversas y no tiene por qué ser un modelo de revista, pero si lo es, mejor.

Así se pinta Cristiano Ronaldo tras cada aparición en la cancha. Su presencia es tal, que los rivales pueden oler la fiereza competitiva que lleva en la sangre. Su potencia es tan imponente que va al choque con el defensa con la rabia de un depredador. Si falla o lo sustituyen en el minuto 81 o 90, ruge de impotencia; si lo golpean enseña su torso o sus piernas de «ciberbestia» para deprimir al sicario que intento pararlo; y cuando marca el gol, ¡bah!, es el grito intimidador y orgásmico de la fiera que ha puesto la manada a sus pies.

Pero todo macho alfa tiene una contraparte sin la cual no tendría motivo la evolución: para que el fútbol mute su ADN en las próximas generaciones, el par de cromosomas XY se combina con el XX, el que aporta el balance y la razón para competir.

El primer punto es que la mujer tiene un je ne sais quois, algo que incluso la hizo objeto de inquisición, y con lo cual el hombre no podrá competir nunca: el milagro de la creación. Además, tiene varias armas letales escondidas bajo la manga o el maquillaje, como esos endemoniados movimientos de cadera que te disocian de la realidad, esa cara de ángel y su determinación endemoniada; esa capacidad ancestral para competirle a la fuerza con la maña y la actitud para dar el pecho a lo que venga.

Messi es el par de cromosomas XX del fútbol. Un tipo que con estatura de hobbit y velocidad de conejo, con cara de monaguillo y alma de renegado; y que solo tiene su ubicación innata, su cintura y cambios de ritmo para maltratar a los defensas. Su andar por cualquier rincón del campo lo hacen sacar el balón jugado desde la defensa con toques y regates exquisitos; puede atraer habilidosamente a tres o cuatro contrarios en el centro del terreno para hacer mejor a sus compañeros; y tiene el don para crear pases inauditos y marcar goles celestiales.

Dice un refrán que detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer. Y detrás de una gran mujer, siempre andan muchos hombres.

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