Son solo unos niños

FÚTBOL DISTINTO

La columna de Magol Alejandro Valdés Téllez

Mi abuela solía justificar las trastadas de sus nietos a la menor de las posibilidades. No es que fuéramos precisamente unos gamberros pero tanta condescendencia siempre nos terminaba por confundir. Desde su primitiva concepción formativa nos educó sin proponérselo bajo los principios de la sobreprotección. Prácticamente perdí la cuenta de las veces que mis padres llegaban del trabajo ‘buscando culpables’ y nuestras maldades les eran ocultadas con la misma convicción con que el gato del vecino hacía lo propio con sus heces. Y si alguien dudaba de que había sido el viento quien rompiera el búcaro con flores de la sala, ahí salía ella con su cultura pueblerina a explicar una teoría sobre los alisios del norte. Cuando la mentira por casualidad era descubierta, suavizaba el momento con su clásico: «¡Pero qué vamos a hacer si son unos niños!»

Las imágenes de la fastuosa fiesta de los jugadores del Paris Saint Germain en la noche de Halloween -tan solo un día después de perder frente al Dijon, colista de la liga francesa- me han llevado en volandas hacia aquellos pedazos de mi infancia cuando, apenas siendo un crío, cometía fechorías bajo absolución abuelística. El hecho -mas allá de recordarnos la contaminación existente en la sociedad futbolística actual- nos ha demostrado la amnistía de la cual presume una plantilla viciada e inundada de un vedettismo crónico que jamás se ha intentado disimular. El núcleo más duro de la misma -protegido por el halo de Al-Khelaïfi, su iniciador- además de reafirmar en cada una de sus prácticas la amenaza que supone el poder deformador de un vestuario, hace tambalear la validez del ‘jequeísmo’ como modelo superior de gestión.

La irrupción del PSG en el fútbol europeo como club mecenas a principios de esta década ha ensanchado esa vieja incorrección relacionada a una supremacía del individuo respecto al colectivo. Las víctimas principales de tal dislate constituyen los hinchas más jóvenes a quienes se trata de convencer (engañar) -desde múltiples direcciones- con ese discurso tan ventajista de relacionar el fútbol a lo puramente nominal, sobre todo aquellos niños a los cuales se les compra la mochila de Neymar para asistir al colegio a recibir una educación. El paulista, CEO de todo este tinglado disociador, asistió -aún lesionado- a la famosa fiesta disfrazado de The Mask (el icónico personaje de Jim Carrey), un atuendo que caracteriza a la perfección la dualidad de Ney como profesional. Sus antivalores se siguen propagando con tanta fuerza que hacen peligrar las pocas mentes sanas del vestidor.

A todas estas, supongo que al pobre de Tuchel le tengan prohibido -por contrato- intervenir como polizón en este tipo de sucesos. Seguramente Nasser le haya impuesto una cláusula balsámica para alinear como en el FIFA: sin que medien las madrugadas, el alcohol o las mujeres. A pesar de que el equipo parisino -por ahora- siga sacando partidos, en el Parque de los Príncipes se deberían percatar -si de verdad desean reinar en Europa más temprano que tarde- de cuánta falta ha hecho siempre un regaño de la abuela a tiempo.

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