BALÓN DIVIDIDO
La columna de Javier Arguelles
El árbitro pita el final del partido en el Camp Nou. El marcador refleja un amargo empate a cero entre el Barca y el Slavia Praga, peor aún fueron las sensaciones del juego pues el equipo checo resultó ser el más valiente en el templo blaugrana.
La situación devino en perfecto caldo de cultivo para atacar a la figura más débil de la actualidad azulgrana, Ernesto Valverde. Internet explota, tuits y memes se mofan del entrenador blaugrana. Las tertulias radiofónicas y los artículos de periódicos se ceban con el Txingurri, al parecer todos los males y vicios blaugranas son su responsabilidad. Al Barca le cuesta ganar, incluso en la Champions tiene más puntos que juego y cada salida lejos de su feudo es un martirio.
La identidad futbolística es cosa del pasado y el gran sospechoso de semejante sacrilegio es el extremeño. Quizás Valverde ya no debería estar al frente del conjunto blaugrana, sería lo normal después de la derrota de Anfield. Esa noche de Liverpool y un año antes la de Roma quedarán como su mayor impronta en su historia en Can Barca. Pero lo sostuvieron sus jugadores, los mismos que este martes en su campo corrieron 16 kilómetros menos que su rival.
Los mismos que no mostraron rebeldía en las noches más oscura de los últimos años, tal parece que son sus mejores abogados, pero también sus peores verdugos. Da la sensación que saltan al campo sin intensidad, con un aura de autosuficiencia y creyendo que como quiera que jueguen, van a golear.
Quizás la gran culpa de Ernesto es ser permisivo y dejarse llevar por un vestuario con cierto divismo y en abierta confrontación con una directiva pusilánime; un vestuario que pide y veta jugadores. Valverde hoy es preso de un club gobernado por sus jugadores y que lo tiene como portavoz cada semana. Para los jugadores es más sencillo mantener el status quo, a que llegue un entrenador nuevo y los saque de su zona de confort.
Sin dudas al extremeño la ha venido grande el club azulgrana, su propuesta futbolística está lejos del “ideal Barça”. Le cuesta ser intervencionista y tomar decisiones drásticas, aunque tiene como excusa lo difícil que resulta aplicar el «cruyffismo guardiolista» con jugadores tan acomodados. Hay decisiones suyas que son difíciles de explicar, como el desuso de Firpo o Rakitic, o su poca autocrítica y muestras de resultadismo en conferencias de prensa. Lo peor es que su figura está muy tocada, la prensa y la afición lo tiene como su diana favorita y cada tres días le toca una andanada de improperios.
Es más fácil atacarlo a él que a los jugadores que tanta felicidad han dado. Valverde debería irse por su cuenta, dejarle el problema a otro y que se demuestre que quizás él es parte del problema, pero no la más grande. Nadie merece semejante lapidación por culpa de seres tan ingratos.