FÚTBOL DISTINTO, la columna de Magol Alejandro
El Borussia Dortmund salió del Allianz con esa sensación de aturdimiento que dejan las grandes derrotas. Fue un fracaso estrepitoso en su intento de retar con la mirada a la bestia.
Los días previos al gran clásico de Alemania no deben ser tarea fácil para un hincha del Dortmund en la actualidad. Últimamente un borusser vive ese tiempo de espera, con Munich al horizonte, de igual forma que el estudiante finalista mira de reojo en el calendario, como quien no quiere enterarse, la fecha del examen final. El día señalado en rojo genera una mezcla tan extraña de ilusión y derrotismo en Westfalia que el equipo amarillo y negro asiste siempre a la cita contaminado en todos sus niveles. La versión del pasado sábado de Der Klassiker no fue la excepción. El Borussia Dortmund salió del Allianz con esa sensación de aturdimiento que dejan las grandes derrotas. Fue un fracaso estrepitoso en su intento de retar con la mirada a la bestia: un Bayern con un vestuario dividido, sin centrales naturales y un olor a provisionalidad en el banquillo que conmueve.
Durante el partido y sobre todo a posteriori, no he dejado de pensar en aquel chico de la primaria que vivía y moría peleándose contra todos de quien apenas recuerdo su ordinario mote. Al ver los rostros de cada jugador del Dortmund he logrado evocar a la perfección esa falta de aire que te invadía cuando sonaba el timbre y recordabas que El Chino te había citado para ajustar cuentas por cualquier tontería. Esa imagen suya apretando los puños mientras caminaba seguro hacia el callejón de la esquina me lleva a la realidad sobre cuánto hay de aquel niño guapetón en los grandes equipos, esos que escuchan el silbato y se transforman sin necesidad de saber matemática o literatura. El Dortmund sufrió a su propio Chino los noventa minutos con una sensación de terror jamás atenuada, quizás con la esperanza de que algún día sean ellos quienes peguen los puñetazos en el callejón.
En Dortmund – Brackel deberían aceptar la goleada como la revelación definitiva de que el fútbol no se juega con los pies. La futura aprehensión del concepto podría endurecer a una plantilla erradamente convencida, como muchos en aquella escuela primaria, de que solo se necesita talento para salir a competir. Si yo fuera Lucien Favre matriculaba ahora mismo en primero de psicología o cambiaba el rotulador con que marca a sus pupilos en el calendario las fechas importantes. No sea que por ahí, al ver el color rojo, comiencen a perder nuevamente el próximo clásico en el vestuario.