Cuando algo grande ha muerto lo más noble es rendirle el tributo que merece sin
escatimar en honestidades. Los buenos tiempos del Clásico de las Américas
han muerto y no sabemos si habrá resurrección. Por eso, pido perdón por mis
pecados de ignorancia y espero arrepentido el día del juicio final.
A BALÓN PARADO, la columna de Alejandro Céspedes Morejón
Hace muchos años el fútbol argentino me contagió y nunca me lo he podido quitar.
Recuerdo aquella tarde cuando mi primo me enseñó a esos jugadores de potrero,
regateando entre los papelitos de La Bombonera, o el ardor de las barras bravas con la garganta quebrada de tanto hinchar por la albiceleste en El Monumental.
Sin poder evitarlo, me hice devoto de Batistuta, Riquelme, Maradona, Kempes,
Burruchaga o de cualquiera de esa nacionalidad convocado para la ocasión. Mi lealtad era militar. Esa fiebre oscurecía tanto mis sentidos que traspasaba la cancha: Subiela, Fito Páez, Evita y El Gaucho Gil compensaban muchas de mis necesidades intelectuales, incluso para usarlas en el combate contra el enemigo «verde
amarelho» de ser necesario. Si no, podía encomiar a cualquiera que les peleara;
ya que «el enemigo de mi enemigo, es mi amigo».
Por esa tozudez futbolística le tengo que pedir perdón a Ronaldo El Fenómeno,
Djalminha, Cafú, Roberto Carlos, Denilson, Romario, Lúcio y otros tantos que logran que me avergüence. Sin embargo, afortunadamente Rivaldo, Ronaldinho y Kaká fueron para mí como Mandela para las mentes oscuras.
En casi todo el mundo se jugaba al fútbol, y durante años Brasil divertía al mundo
con su “jogo bonito”. Yo lo tenía en frente, pero era un ignorante de azul celeste y blanco. Hoy -cuando ya no juegan como en aquellos tiempos- pago un alto precio pues solo me queda YouTube o algún que otro documental para revivir o inventarme las bellas y divertidas sensaciones. Tanto odio insensato de aquellos tiempos convirtió mi mente en una videoteca borrosa y poco fiable.
No obstante, creo que tengo varias atenuantes para el juicio final: me declaré arrepentido -con disculpas incluidas- pues aprendí a disfrutar al rival, sobre todo si es mejor, aunque mi equipo no gane. Por tanto, cuando vuelva a rodar la pelota en otro clásico Argentina y Brasil, los veré con la nostalgia de aquellos buenos
tiempos y con la pasión ya educada.