Primero fue Ancelotti, «¡coño, qué bombazo! El portero ni la vio», dijo Landy asombrado. Eso fue al minuto 17. Ya al descanso aquellos tipos vestidos con rayas rojas y negras ganaban tres a cero. Dos morenos de Holanda con nombres rarísimos (Rijkaard y Gullit) habían soltado par de cabezazos bestiales.
EL HINCHA, la columna de Glauber García Lara
Fue una tarde cualquiera, de esas que no prometen nada interesante. Era el verano del ’89 y entre el calor bestial del Caribe y la falta de pelotas para jugar a cualquier cosa, el aburrimiento mandaba en aquel grupo de cuatro pendejos buscando algo que hacer. A punto estuvimos de salir a la finca de Ambrosio a nuestra clásica búsqueda de mangos furtivos cuando El Zurdo soltó: “Caballero vamos a la casa del Landy a ver un film». Así, en inglés y todo.
Con la curiosidad que caracteriza a los preadolescentes, caminamos las dos cuadras, ansiosos por ver qué trajo nuevo el viejo de Orlandito, dueño del único Beta en varios kilómetros a la redonda. Qué decepción. Junto al casette de videos de Michael Jackson seguía aquel otro de Voltus V que ya habíamos visto 15 veces. “Esteban, Bert, Juanito…”, podía repetir todos los diálogos de memoria.
Convencidos que el robo de frutas tropicales era nuestra única opción, casi dábamos la vuelta cuando el mayor de “los Orlando” sale del cuarto y nos pregunta, casi conociendo la respuesta, «muchachos, ¿quieren ver al mejor equipo del mundo?».
Decirle eso a un niño es como invitarlo a una dulcería, nos sentamos en círculo alrededor de aquel Orizon en colores y leímos al dorso del pequeño casette: Real Madrid vs AC Milan. Semis Copa de Europa. «El Madrid, esos son los monstruos», gritó Rigoberto y todos le hicimos coro. El padre de Landy se recostaba a su sillón, mientras apretaba el botón de play y mostraba esa risa irónica de quien sabe más.
El descubrimiento
«(…) pero no están vestidos de blanco», dije extrañado. En mis nueve años de vida solo sabía que el mejor del mundo era un zurdo argentino que se llamaba Maradona y que el Madrid se vestía de blanco. «No Glauber, ese partido es en San Siro. Están de visitantes. Por eso el uniforme es azul. El local es el Milan, fíjate que bien juega», me aclaró Orlando.
Los primeros minutos solo sirvieron para ponerle cara a nombres que muy de vez en vez salían en la hermética prensa cubana. Butragueño y sobre todo Hugo Sánchez llamaron la atención del Bombi: «Ese es el que hace las mortales cada vez que mete un gol. Es mexicano. Ustedes verán», hablaba con la emoción del gimnasta que tenía dentro. En lo que esperábamos por el gol de Hugo, más por ser conocido que por afiliación al Madrid, veíamos cómo los otros siempre tenían la pelota y cuando no, se la quitaban muy rápido a los del Real. «¿Qué les pasa?», la queja se repetía cada vez más y el viejo Orlando seguía con la sonrisa en la cara. Sabía lo que venía.
Primero fue Ancelotti, “¡coño, que bombazo! El portero ni la vio”, dijo Landy asombrado. Eso fue al minuto 17. Ya al descanso aquellos tipos vestidos con rayas rojas y negras ganaban tres a cero. Dos morenos de Holanda con nombres rarísimos (Rijkaard y Gullit) habían soltado par de cabezazos bestiales.
Entonces me viré y casi le protesté al de la risa en el rostro, «es que son más fuertes. Corren más. Saltan más. Parece que están jugando contra niños como nosotros”. A lo que Orlando replicó con un simple, “son mejores y van a serlo por unos cuantos años más”. Se puso de pie y fue a la cocina a prepararnos una merienda mientras nosotros ya habíamos olvidado a Butragueño y Hugo Sánchez. Solo hablábamos de los morenos de nombres raros, los duros defensas italianos y de otro holandés que parecía el mejor de toda la cancha. “¡Qué casualidad, tres holandeses en el mismo equipo! Y eso que solo pueden jugar tres extranjeros según Orlando”, aclaró El Zurdo que ya tenía la vista fija en los panes con mantequilla y el refresco gaseado sobre la bandeja que nos trajo el único que conocía de verdad sobre cómo terminaba todo aquello.
La masacre final y el surgimiento de nuevos ídolos
La historia del segundo tiempo fue una saga idéntica al primero. Solo que los goles los hizo el delantero holandés (Van Basten), que sí era el mejor de la cancha, y un medio italiano de apellido Donadoni. En total fueron cinco. Una manito se llevó el Real Madrid.
Lo más impresionante, al menos para mí, fue lo rápido que jugaba el equipo italiano y el terror dibujado en la cara de los españoles. Nunca lo olvidaré.
Nada más que el árbitro pitó el final acribillamos a Orlando con preguntas: “¿Qué equipo era el Milan ese? ¿Por qué tenía tres holandeses y no brasileños o argentinos? ¿Sus defensas siempre jugaban duro así? ¿Era de verdad el mejor del mundo?”. “A ver muchachos -trataba de explicarnos- ahora mismo son los campeones de Europa, que es como decir que son los campeones del mundo. Pero eso no es lo más importante, sino cómo juegan, lo que hacen sobre el terreno. Ese partido que vieron lo ganaron por cinco goles. La final fue unos días después y le hicieron cuatro a su rival».
Y siguió: «Los holandeses por su lado ganaron la Eurocopa el año pasado, que es como el Mundial de Fútbol (sin Brasil ni Argentina), esos tres son sus estrellas. Los defensas italianos siempre son buenos, especialmente Baresi, el capitán. También dicen que el jovencito que juega por el lateral izquierdo será un fuera de serie, que no se les olvide su nombre: Paolo Maldini”, profetizó como si supiera todo lo que pasaría después.

Escuchamos a Orlando hablar casi media hora sobre las cualidades de aquel Milan. Lo hicimos con más atención que la dedicada en el aula de primaria. Fue la primera vez que oí aquello de las líneas juntas. De un 4-4-2 y de presionar sin balón y buscar siempre el espacio. Nos enseñó en jugadas puntuales cómo Baresi ordenaba la trampa del offside y lo hacía casi perfecto. Igual que los bailarines en las coreografías de los videos de Michael Jackson. Todo aquello lo dirigía un coach italiano de apellido Sacchi que tomó muchas ideas de la escuela holandesa, y además entendía el fútbol como un juego donde sus 11 jugadores atacaran y defendieran en un bloque compacto durante los 90 minutos. Salían a ganar y si podían goleaban. No bajaban la intensidad. Por eso ya le llamaban “El monstruo de rayas rojas y negras”. “Verdad que son salvajes, acabaron con el Madrid”, reconoció Bombi asintiendo resignado con la cabeza.
Ya nos íbamos a la búsqueda de mangos ajenos, la opción jamás se desechó, cuando Orlando sale al portal y nos tira aquel balón de goma con pentágonos negros desteñidos: “Busquen unas piedras y úsenlas de portería. A ver si aprendieron algo”. Sacó su sillón a la acera y se sentó a ver como unos pendejos comenzaron a imitar a las estrellas europeas en una estrecha calle pinareña. Sin saber quizás que aquella tarde cualquiera inculcó en más de uno ese virus que llamamos fútbol.