El balón y la raíz

Mientras en el mundo se busca primero el futbolista y se convierte luego en atleta, en Cuba sucede justamente lo contrario. Acá seguimos con cintas métricas y cronómetros en lugar de un balón.

Fútbol distinto / La columna de Magol Alejandro

Hace algunos años asistí a un partido de categoría juvenil en una escuela deportiva de mi pueblo. Fue en pleno invierno, quizás enero o febrero, hacía mucho frío y el terreno lucía más seco de lo normal, apenas se notaban unos cuantos montones de hierba verde. Encima de aquella cantera árida y erosionada destacaba a simple vista, al menos desde mi percepción purista, un chico que jugaba de mediocentro para los locales. Alto, flaco, muy técnico, de excelente colocación y mejor golpeo. En realidad lo que más me llamaba la atención era su exquisita lectura del juego, totalmente impropia para alguien de su edad. Aquel chaval preveía el destino, clarificaba cada acción con una tranquilidad pasmosa. La mayoría de sus decisiones estaban llenas de sentido, no había un balón que saliera embarrado de sus botines. De pronto, en una de esas, su entrenador salió del banquillo, le señaló y gritó desaforadamente: «¡No pase’ la pelota p’atrás! ¿Tú tiene’ miedo?». Confieso que aquella escena quedaría grabada en mi mente por mucho tiempo.

Hace tan solo unos meses repetí la visita, asistí nuevamente a aquella cancha. No era invierno, pero como si lo fuera. Una nube de tierra se levantaba cada vez que alguien pateaba la pelota, como sucede en el rally. Un amigo me invitó a sentarme a su lado, su hijo jugaba de contención con el seis en la espalda. Bien que lo hacía, por cierto. Lo miré y en unos pocos minutos recordé a aquel otro chico que años atrás lograra impresionarme. El niño demostraba la percepción táctica de un veterano: interpretaba el fútbol como espacio-tiempo instintivamente, poseía un nivel de clarividencia y asociación que cualquier profesional de la posición envidiaría, orientaba a su equipo desde la recepción y limpiaba las jugadas con su repertorio de pases hacia cada sitio de aquel arenal. Su padre me miraba constantemente y sonreía de manera cómplice en busca de una confirmación. Hasta que salió él de la caseta y paró aquel concierto. Sí, él. El mismo entrenador de aquella vez, con sus gritos de siempre. El pobre muchacho, encogido de hombros, escuchaba los regaños como quien no entiende un idioma.

En cada parón de selecciones recuerdo ambas experiencias como un símbolo inequívoco de las miserias de nuestro fútbol, afectado históricamente por una grave enfermedad en su raíz: la terrible elección del talento y su posterior educación. Aunque muchos con sus teorías facilistas se nieguen a aceptarlo, la intrascendencia futbolística cubana tiene sus bases en la errónea aplicación de un principio global apenas inalterable. Mientras en el mundo se busca primero el futbolista y se convierte luego en atleta, en Cuba sucede justamente lo contrario. Acá seguimos con cintas métricas y cronómetros en lugar de un balón, intentando que el físico se convierta en talento, y no al revés. En cada centro formador de deportistas se renuevan cíclicamente los prejuicios en torno a ese chico tímido, débil o pequeño a quien se le estereotipa de manera negativa pese a tener el juego dibujado en la cabeza. Amén de constituir un problema de tradición cultural, el fútbol en la Mayor de las Antillas es un acto discriminatorio que demuestra una triste realidad: no llega quien tenga mejor voz sino quien más alto grita.

Cuba no tiene fútbol porque sus futbolistas son médicos, económicos o cantineros. Todos quedaron en el camino por un triste argumento sin relación alguna con la pelota. Como el hijo de mi amigo, quien seguramente dentro de unos años se canse del rechazo y deje de soñar con Busquets, o se rinda en su intento de jugar a «eso» (que se juega en la liga nacional) con tal de ser aceptado.
Es muy probable que al mejor futbolista de esta tierra lo veamos cuando desaparezcan todas las prácticas centralizadoras y el fútbol se aleje de esa supuesta élite que constituyen las escuelas de deportes para convertirse en una dinámica totalmente masiva. Por supuesto, ya vendrá la generación del like y los tuitazos a recordarme la hipótesis del equipo unificado como solución. Y sí, puede que con Corrales, Osvaldito y Onel ya nadie nos meta siete u ocho, quizás hasta logremos algún resultado esperanzador; pero igual aquel entrenador viciado en sus preceptos, quien representa a muchos a lo largo de la Isla, continuará infectando a la raíz con su formación decadente.

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