Asesinato en el Orient Express

Hace años, cuando el cruyffismo se bastaba por sí solo para hablar sobre los campos de Europa sin intermediarios ni micrófonos, el Barcelona nunca tuvo la necesidad de escudarse detrás de otro motivo que no fuese la pelota.

Fútbol distinto / La columna de Magol Alejandro

Terminó el partido de Butarque y enseguida Gerard Piqué ejerció nuevamente como líder espiritual del barcelonismo. El catalán, quien conoce como nadie los secretos del mundillo, aprovechó la pírrica victoria del Barcelona en el campo del colista para recordar lo difícil que resulta ganar fuera de casa, adjetivar al periodismo con el calificativo de «circo» y reafirmar su buena relación con Ernesto Valverde. Al referirse sobre el técnico extremeño, Piqué soltó su detalle más revelador: “Me preguntó cuáles eran los planes de esta semana y cómo lo íbamos a hacer”. La proclama, lejos de demostrar la gran relación que mantienen central y entrenador, confirma la subordinación del cuerpo técnico ante el vestuario azulgrana bajo la mirada cómplice de la directiva.

Últimamente salen a la luz con más fuerza las señales del secuestro institucional ideado por la actual plantilla culé. Los jugadores tienen intervenido el club con total impunidad y desde la realeza ya ni siquiera se intenta disimular la evidencia. Incluso, el núcleo duro del vestidor se da el lujo de deslizar a conciencia ciertos mensajes que contienen implícita la cruda realidad. Desde el «no nos queremos enfadar» del chamán Gerard en Getafe hasta su verborrea del pasado sábado en Leganés, se han agigantado los síntomas del Síndrome de Estocolmo presente en el Barça contemporáneo. Más allá de las dimisiones de algunos directivos como indicios de resistencia, la estructura de mando blaugrana desarrolla cada día un paradójico vínculo de complicidad con los futbolistas de quienes son rehenes.

Hace años, cuando el cruyffismo se bastaba por sí solo para hablar sobre los campos de Europa sin intermediarios ni micrófonos, el Barcelona nunca tuvo la necesidad de escudarse detrás de otro motivo que no fuese la pelota. Eso es precisamente lo que más añora el mundo de las mejores versiones culés de la historia: el buen juego que se convierte a sí mismo en portavoz oficial. Ahora que el equipo agoniza, cada mal partido es un pretexto para reivindicaciones, reproches o consignas por parte de los jugadores azulgranas. Y mientras estos hacen ruido y buscan culpables por doquier, el hincha purista observa con mucha aflicción cómo se dejan morir lentamente esos valores que, además de elevarlos hasta la cumbre del fútbol mundial, quedaron guardados en la memoria como una expresión artística.

Con el estilo Barça sucede como con Mr. Ratchett, el personaje de la novela de Agatha Christie: aunque a cada rato aparezca una pista distinta que nos lleve a conjeturar sobre posibles sospechosos, nunca sabremos quién le dio la puñalada definitiva. O quizás, como Poirot en el Orient Express, algún día descubramos que a la víctima la han asesinado entre todos.

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