Balón de Oro: De “Obdulios” y “Armanis”

La ceremonia de los mejores jugadores del mundo es un bodrio total, tiene como objetivo vender imagen y crear legiones de fanáticos que en vez de disfrutar contabilizan el fútbol.

EL HINCHA/ La columna de Glauber García Lara

Siempre imaginé cómo sería la entrada de Obdulio Varela a la gala del Balón de Oro. Visualicen, 1950, cuando no existía el premio, ni Facebook, Instagram, ni otra puta red social. El Negro, con boina y gabardina hace entrada a no sé qué rimbombante teatro parisino y toma asiento en primera fila. Alguien le dijo días antes que era el ganador.

Después de media hora sentado escuchando más sandeces que las de aquella tarde en el Maracaná, siente como le pica el testículo derecho (que junto a su izquierdo pesaban más que 100 balones). Su instinto natural lo convida a rascarse pero está en París. Su esposa abre los ojos con esa expresión que los hombres sabemos significa “no te atrevas”, pero el Caudillo ya puso la boina otra vez sobre su cabeza y dice con esa determinación de líder natural “recoge vieja, vámonos a la mierda que estos también son de palo”.

La ceremonia de los mejores jugadores del mundo es un bodrio total, tiene como objetivo vender imagen y crear legiones de fanáticos que en vez de disfrutar contabilizan el fútbol. Al que sus dirigentes intentan alejarlo más de las canchas a cambio de glamour. Antes no había galas, ahora tenemos como tres al año. A este ritmo todos los meses tendremos que soportar semejante tontería repleta de caché y carente de alma.

Si piensan que exagero habría que preguntar a la noruega Ada Hegerberg, primera mujer galardonada. En el 2018 al terminar su discurso tuvo que escuchar al DJ de la ceremonia Martin Solveig: “¿Sabes hacer twerking (perrear en buen cubano)”?, preguntó el francés. El contundente “no” de la número uno del mundo fue su mejor jugada del año.

Y por favor que nadie me malinterprete, considero digno reconocer a los tipos que nos ponen en pie semana tras semana, creo que Messi es el mejor futbolista que vi jugar, pero de ahí a trasmitir hasta cuando baja del avión con su familia y discutir el costo de su Armani va un buen trecho. ¿Acaso un Balón de Oro más o menos va a influir en su legado? ¿O en el de Cristiano? Maradona y Pelé ni siquiera podían optar y nadie cuestiona la supremacía de ambos en sus épocas vestidos de corto.

Por eso extraño los tiempos en que el fútbol era de melenas y no de barbas rasuradas a la perfección. Cuando el susodicho Balón parecía de balonmano y uno se enteraba del ganador en la portada del primer número de diciembre de France Football. Pero quién soy yo al lado de los mandamás de la revista francesa, ellos saben lo que hacen.

A mí solo me queda imaginar a Obdulio, quien estaba para jugar y no para galas. O al bueno de George Best, que seguramente al cumplir con la etiqueta en otro rimbombante teatro francés allá por 1968, tiempos del amor libre, le hubiera dicho al primer “pana” que pasara a su lado “vamos a celebrar al bar de la esquina, allí estaremos mejor”. Y créanme, el Quinto Beattle sabía pasarla bien.

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