Puede que este texto me pase factura a final de temporada o peor, en la próxima fecha, no obstante, tomaré ese riesgo.
TOQUE CORTO/ La columna de José Borrego
Zinedine Zidane parece estar en medio de una metamorfosis. Desde el madridista más militante hasta el más moderado esperan que espante, de una vez y por todas, las dudas sobre su capacidad y derrumbe las teorías más críticas sobre sus aptitudes. Su gestión continuamente divide la opinión pública, incluso en los momentos más dulces de su estancia en el club blanco.
Zinedine fue el mejor de su época, ídolo y héroe que coronó a Francia en el 98. Jugadores como Isco o Eden Hazard han declarado que ha sido su referente desde niños y la verdad que, si admiras a tu jefe, tu trabajo se hace un poco más fácil. No hay dudas en que la clave de su éxito reside en su capacidad de motivar y, bajo la dorada estela de su legado, gestionar el vestuario como pocos entrenadores en su categoría.
Puedo imaginarme la cara de muchos al verlo llegar a los entrenos en Valdebebas. Incluso el propio Rodrygo confesó cómo se le agitaba la respiración, en una sensación de puro sueño lúcido. Las cosas como son, yo sería el primero que pagaría lo que no tengo, por quince minutos de cancha con Zidane.
Sin embargo, quitándonos la camiseta podremos recordar mejor como el Madrid de Zizou, el de las tres Champions consecutivas, fue un equipo de idas y venidas. Lo mismo ganaba desde los vestidores que en el descuento, o sufría desde abajo en el marcador. Más allá de la épica y aquellos «noventa-y-Ramos» que dejó esa etapa, el Real mostraba fisuras en su juego, aunque no tan profundas como para apartarlo de los títulos, seguramente por ese plus competitivo que otorga una fortaleza mental arrolladora, esa que demostraron con cada remontada. Quizás sea cierto eso de que siempre sacan provecho del caos y en el intercambio de golpes, el Madrid te gana por pegada.
Con el tiempo, las imperfecciones se han hecho profundas grietas que han logrado que una plantilla de la élite sufra fecha tras fecha para obtener un notable, y de esa sensación de que dependen más de la fortuna y las ganas, que de la calidad de su juego. Hoy, en su nueva etapa al frente y luego de una severa plaga de lesiones y dudas iniciales, Zidane ha logrado encadenar una serie de buenos resultados, e incluso ha dejado buenas sensaciones tanto en Europa como en La Liga.
A su lado tiene a los de siempre, el llamado núcleo duro del vesturario, su guardia pretoriana, y los jóvenes que intentan abrirse paso, algunos con más oportunidades que otros. Ayer eran Vinicíus, Brahim y Reguilón; hoy los dos primeros son apartados en cada convocatoria y el último salió cedido en al Sevilla. Rodrygo y Valverde son los que ahora mismo llenan de ilusión a la hinchada blanca. Sin embargo, el francés continúa postergando la transición y la gestión de los novatos sigue estando en las asignaturas por superar.
Aún así, el reclamo sigue en pie: como entrenador necesita demostrar que sabe utilizar sus cartas para materializar esta aparente sinergia en resultados a final de temporada. La afición pide a gritos un equipo a la altura que transmita esa sensación tranquilizadora sin importar la situación o el rival, existan o no las herramientas para competir y ganar. Zizou y su Madrid necesitan espantar las dudas y las malas vibras y ello significa ganar, pero también de hacerlo con una propuesta convincente y sostenible en el tiempo.