Prohibirse a uno mismo disfrutar de la magia de Messi es como prescindir de la creación, es una práctica que transforma este juego en algo numérico en lugar de sagrado.
Fútbol distinto / La columna de Magol Alejandro
La fe de la mayoría de mis amigos, casi todos madridistas, bien podría resumirse con un «yo no creo ni en la madre que me parió». Aunque dicho manifiesto muchas veces me produce algún disgusto con la mía, beata como Santa Teresa de Calcuta y parroquiana de la catedral de mi pueblo, el ateísmo nunca representó un impedimento para la amistad. En casa siempre se recibe a todos con una sonrisa y el convencimiento de que quien no cree, lejos de ser el culpable, constituye la víctima. «Convierte tu alma», suele repetirme un feligrés allegado a la familia cuando me escucha maldecir a Lionel Messi en cada una de sus exhibiciones.
Aunque el citado devoto posea evidentes signos de demencia y no entienda ni una pizca de fútbol, existe una enorme posibilidad de que su mensaje contenga la salvación para la congregación blanca dispersa por todo el mundo. Y es que ayer sentí como nunca la necesidad de evangelizar a mis cómplices merengones cuando, recién conocida la noticia del Balón de Oro a Messi, recibí la llamada de uno de ellos con la intención de profanar el triunfo del argentino. Más allá del desprecio presente en su tono conspirativo debido a lo banal de estos premios (algo que nunca notó cuando era Cristiano el elegido), lo más preocupante de su discurso era la negación a la cual se aferra descaradamente.
Afirmar que el 10 del Barcelona pudo quedar segundo en la votación no es nada descabellado. Incluso no reconocer su superioridad, ni aceptar siquiera al rosarino como el tipo que mejor juega al fútbol cada día del año, también es respetable. Pero vetar el deseo de extasiarse con Leo o prohibirse a uno mismo disfrutar de su magia es como prescindir de la creación, es algo que ni un ateo extremista lograría reprimir, un principio más afín al comunismo científico, una práctica que transforma este juego en algo numérico en lugar de sagrado. El peor pecado de mis amigos no es desconfiar de Dios sino rechazar a Messi.
Si el talento puro de Lionel tampoco ha logrado ponernos de acuerdo temo con la posibilidad de que Dios, cansado de nuestro existencialismo radical a la hora de interpretar sus señales, levante su carpa y se marche hacia otra civilización. Luego de escuchar las alabanzas de mi madre por más de tres décadas, veo la forma en la cual Messi acomoda sus tobillos para meter el balón por la escuadra como la prueba definitiva del paraíso.
Por eso ayer en la mañana, mientras mi amigo esgrimía su decálogo de siempre, recordé el último milagro de Leo frente al Atlético y le interumpí con un «convierte tu alma» casi involuntario. Luego de unos segundos de silencio buscó una excusa tonta y colgó. Quizás esté meditando todavía acerca de mi reacción y mañana me llame, o puede que el ataque de sinceridad me deje definitivamente sin amigo.