Viviendo al límite

Cada vez que el equipo che salta al césped es como si halara el gatillo, no sabemos cuándo llegará el momento de la autodestrucción.

EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara

El Valencia CF es un equipo sin memoria. Me recuerda por momentos al perturbado Nick Chevotarevich, aquel tipo que en la piel de Christopher Walken olvidó todo su pasado tras caer prisionero en la guerra de Viet Nam y vivía enganchado a las drogas; apostando su vida a la ruleta rusa en cualquier garito de Saigon. Con el revólver en su sien, cada giro del tambor podía ser el último.

Cada vez que el equipo che salta al césped es como si halara el gatillo, no sabemos cuándo llegará el momento de la autodestrucción. Esta semana se paró al borde del precipicio, dos veces se oyó girar el cilindro pero la bala asesina jamás percutió. Además de la falta de memoria, el Valencia es un club superviviente, un club con suerte.

Y digo suerte porque muchos quizás piensan que Albert Celades dio con la tecla correcta, que ahora sí reinará la calma y volverán los tiempos de bonanza a orillas del Turia. Nada más lejos de la verdad.

A día de hoy Mestalla es un polvorín en constante peligro. La afición valencianista está a nada de explotar. Por ahora los resultados ante Ajax y Madrid contuvieron la amenaza pero jugando así quién sabe cuál será el detonante que vuele todo por los aires.

Es cierto que tumbaron a los talentosos holandeses en Ámsterdam y que los merengues tuvieron que recurrir a la cabeza de Courtois y el oportunismo de Karim para rescatar un punto in extremis. Pero también es real que fácilmente pudieron perder ambos partidos.

Que nadie se llame a engaño. El Valencia no es un equipo rocoso que se cierra bien atrás y sale al contragolpe de memoria. Mucho menos uno asociativo que marea al rival con pases y desmarques. Tampoco asfixia con una línea de presión alta ni es resolutivo en las áreas o a balón parado.

En honor a la verdad creo que el gran mérito del nuevo míster consiste en entenderse con los pesos pesados del vestuario, al que percibo conjurado. Parece un grupo de tipos que hicieron un juramento samurái y que irán al límite cada vez que pisen el césped. Admirable, dirán muchos. Noble, pensarán otros.

Para mí el fútbol de primer nivel es mucho más que entrega, más que intensidad. Eso siempre tiene que estar. El heroísmo podrá ganar batallas, pero la estrategia es la que gana guerras, al menos eso dijo no sé cuál astuto general y en este deporte es una verdad mil veces probada.

Lamento ver a un jugador de la clase de Parejo no desplegar todo su talento con el balón en los pies. O a jóvenes con futuro promisorio como Gayá y Soler correr detrás de los rivales cuando debería ser lo contrario.

Al menos con Marcelino había un proyecto serio que terminó con la Copa del Rey en las vitrinas del club, muchos pensamos que quizás era posible una segunda etapa dorada tras aquella de principios de siglo cuando la fanaticada che celebró ligas, Copa UEFA y estuvo dos veces a punto de saborear la Orejona.

Desde que el multimillonario Peter Lim tomó las riendas de la institución se empeñó en poner trabas al proyecto deportivo. Ya sea por motivos comerciales o simplemente por capricho, el magnate asiático ha hecho más daño que bien a un histórico de La Liga. Lo peor es que esta semana solo servirá para reforzarlo. “Acertó con Celades, es un genio”, ya se puede escuchar en algunos medios.

Ya lo dije al inicio, este es un club sin memoria, con mil vidas, eso sí, pero sin memoria.

El resultadismo que impera en el fútbol de hoy tapa carencias, lo justifica todo. Así como el Barça alega que le birlaron un penal en Anoeta, el Madrid apela a su ADN irredento de la última épica. Lo más sensato, en cambio, sería analizar por qué fueron incapaces de generar más volumen de juego.

Y mientras en Mestalla los desmemoriados sacan pecho por la última semana, los más cautos no se fían, saben que la bala sigue en la recámara. Tal vez cuando el Valencia recuerde su grandeza ya sea tarde, y al igual que Nick Chevotarevich se vuele los sesos con una sonrisa en el rostro.

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