Los últimos enfrentamientos han demostrado que el fútbol, como muchos organismos, muta, se transforma, y para sobrevivir o en este caso en particular, ganar, se adapta.
TOQUE CORTO/ La columna de José Borrego
Estos son los nuevos clásicos, más le vale a la afición lidiar con ello pues, cuanto antes, mejor. Para bien o para mal, ya van dos temporadas sin la dualidad Messi/Cristiano. Una dicotomía que, dentro del morbo mediático, «hypeó» estratosféricamente la rivalidad Madrid/Barca, expandió –aún más- sus marcas y ubicó a La Liga como la mejor del mundo.
Este nuevo modelo de encuentro, marcado por la clara y evidente ventaja que significa tener un Leo Messi en tu equipo, acaba con la polarización de la Liga, pone el fin de una Guerra Fría que empezaba en las redacciones y terminaba en el pasto, aunque más que la paz parece un armisticio, pues esta «carrera futbolística» es imposible de detener.
Los últimos enfrentamientos han demostrado que el fútbol, como muchos organismos, muta, se transforma, y para sobrevivir o en este caso en particular, ganar, se adapta. Luis Enrique allanó el camino de un Barca distinto, capaz de cambiar el balón por contras veloces si el contexto lo requería. Ernesto Valverde, también de pedigrí culé, optó por el continuismo y su Barca ha sido incluso más pragmático sin que podamos llamarlo resultadista. No obstante, el ADN de La Masía ha estado siempre latente, aunque en muchas ocasiones el tiki-taka «guardiolista» no asista a la cancha.
Por otro lado, el Real Madrid continúa en una deriva estilística desde la partida de José Mourinho y su fútbol de vértigo, un estilo que no gustaba a algunos, pero que como el más exótico de los sabores, se convierte en un gusto adquirido. Con Carletto el Madrid logró aquel ansiado equilibrio en sus líneas, y Zizou como buen pupilo, intentó recuperar las buenas prácticas y conformó la «dictablanda» más ganadora de la contemporaneidad merengue.
Luego de cinco entrenadores, el club blanco continúa sin una marca patentada más allá del –a ratos manido- «gen ganador», una mentalidad por momentos casi obsesiva que, arrastrados por el orgullo y el peso de la historia, los compulsa a combatir por los tres puntos a casa sea cual sea el libreto a seguir.
El compromiso con el pasado no es exclusivo de los de Chamartín, en Can Barca tienen motivos de sobra para apelar a su folclore. Y aunque por ahí digan que no se puede vivir del pasado, es una verdad monolítica que gran parte del éxito culé pasa por la tradición cruyffista. De vez en cuando, regresar a la raíz suele ser la respuesta.
Anormalmente, ante un partido único como este, lo preestablecido y/o lo común terminan siendo excluidos de la ecuación. Antes de un Clásico crecen las expectativas, tangibles o no, todo según quien se las imagine. Los puristas de uno y otro bando buscarán las manchas donde las haya, los enamorados del fútbol/Messi esperarán con ansias cada jugada, cada pase, cada control y los fanboys buscarán razones para atormentar a sus rivales para así salir de la cueva de una vez y por todas.
Hoy me sobran los calificativos: que si un Clásico descafeinado, o soso, o que si no se juega con la agresividad que requiere la ocasión. Lo antes dicho, todo empieza en las redacciones, se concreta en el césped y los hinchas terminan sufriéndolo. Como el Barca, el Clásico ha mudado la piel y habrá que adaptarse. Al final sólo le pido al Fútbol que me de más de esto: más Messi, más Benzema, más Ter-Stegen. Que más da, si no tengo problemas con tomar té.