EL HINCHA / La columna de Glauber García Lara
Quizás fue mi natural desapego al baile, tal vez esa postura tan erguida propia de los lords europeos, que sé yo. Lo cierto es que nunca aprecié en su justa grandeza a Tierry Henry. Hoy reconozco mi ignorancia futbolística de aquellos tiempos. Por eso solo puedo ofrecer disculpas.
El mayor goleador de la historia del Arsenal y la selección francesa no puede ser un jugador normal, imposible. Sin embargo, creo que al igual que yo, muchos no colocaron al espigado delantero galo dentro de la aristocracia reinante en sus años vestido de corto, incluso ni sus coterráneos. Solo así se explica que nunca ganara un Balón de Oro, y eso que el premio lo otorga France Football.
Henry era Nureyev y Astaire sobre el pasto, también Usain Bolt, y por qué no, Copperfield. Verlo jugar por 90 minutos era una orgía estética, arte superior, si es que eso existe. Más que un delantero, que fue como lo veía cuando estaba cegado por la visión del fanático común, con el paso del tiempo mis ojos descubrieron un virtuoso.
Creo que desterré mis dudas cuando alguien más sabio que yo un día me dijo “mira si es bueno que apenas hace goles de cabeza pese a su altura”. Varios partidos después me di cuenta, el galo jugaba como los genios. Tití sacaba metros a los defensas en campo abierto gracias a su zancada de galgo, pero igual los dejaba pagando en espacios reducidos aun en modo estático. Tiraba sombreros a mansalva, dominaba el balón en conducción, lo pisaba, hacía bicicletas, tacos, controlaba pases imposibles y definía con clase. Anotaba a placer y daba placer verlo.

Por si fuera poco, cuando lo requería soltaba obuses a la escuadra a casi 25 metros y repartía pases imposibles. El tipo dominaba todo el repertorio, lo tengo junto al Fenómeno como a los delanteros más completos que vi jugar. Todavía me pregunto cómo entre 2000 y 2006 Owen, Nedved y Cannavaro fueron considerados los mejores del planeta y Henry apenas estuvo en el podio tres años. No les resto méritos, monstruos todos, pero a mi juicio inferiores al francés.
Para aquellos que contabilizan el fútbol en tiempos modernos, les recuerdo que Tierry tiene en sus vitrinas Copa del Mundo, Eurocopa, Confederaciones y Premier League (esta de manera invicta). Fue protagonista del sextete culé, y si seguimos contando hasta título en la MLS, para no perder la costumbre.
Este hombre tumbó solito al Madrid de los galácticos en el 2006 y meses después mandó a casa al Brasil de “los 4 Fantásticos” en el mundial germano, pero perdió las dos finales más importantes de la temporada, y claro, sufrió la sentencia.
Compartió el campo y los reflectores con Zidane y Bergkamp, maestros donde los haya, también con Dinho, Messi, Iniesta y Xavi. Aprovechó la mejor compañía y no desentonó, la hizo superior y más grande. Triunfó donde estuvo y de todos lados salió por la puerta grande.
Hoy vive días de entrenador en el Montreal Impact de la MLS ¡Qué más da! Su conciencia reposa tranquila y la mía también. No necesita un Balón de Oro ni pienso que le interese. Lo imagino danzando sobre la grama del antiguo Wembley o en Saint Denis, al final sobran los dedos de las manos para contar a aquellos que son adorados en París y Londres a la vez. Allí, en los grandes escenarios donde el arte manda, se le rinde pleitesía.