Huevos fritos y salchichas

A cada minuto que pasa, al entrenador lusitano se le notan algunos síntomas de una persona al borde de la intrascendencia: atribuirse el éxito, exculparse del fracaso y convertirse en biógrafo de sí mismo.

FÚTBOL DISTINTO/ La columna de Magol Alejandro

Recordé a José Mourinho mientras veía la versión más moderna de El Rey León. Y no por algún papel protagónico en específico, sino porque la comparación entre la película original y esta resume de manera perfecta la carrera del portugués en los banquillos. El Mourinho de antes, al igual que los dibujos animados de la cinta homónima de 1994, solía ser un tipo lleno de emoción y energía. Aquellas escenas suyas de caballo salvaje en Old Trafford y en el Camp Nou bien podrían valernos para establecer dicho paralelismo. En cambio, el de ahora es un Mourinho con bótox, alguien escaso de sentimientos y expresiones faciales, un ser sin vida a quien le cuesta demostrar su antigua humanización, justo como los hiperrealistas personajes del remake de Disney.

El editor A.A. Dowd de A.V. Club, al referirse al citado filme lo definió así: “Sin alegría, sin arte y tal vez sin alma. Una ‘bastardización’ hueca de un éxito de taquilla, que a la vez depende completamente del afecto preestablecido de la audiencia por su predecesor y extrañamente decidido a deshacerse de gran parte de lo que lo hizo tan especial”. A pesar de ser una crítica cinematográfica, al leerla comprendí por qué había experimentado días atrás aquella epifanía sobre el portugués y acepté con naturalidad la diferencia entre los dos “Mourinhos”. El cambio en The Special One ha dañado a la persona y al entrenador, su declive es muy evidente tanto en el carácter como en la libreta. Pareciera que el bótox no hubiese llegado solamente a su semblante sino también a su cabeza. El Mourinho moderno es un entrenador inmóvil, paralítico, o al menos con los principios atrofiados.

Mientras sus rivales contemporáneos evolucionaron tácticamente, el nacido en Setúbal se quedó varado en el tiempo. El estancamiento de sus ideas se hace aún más perceptible a través de su pobre poder de formación. Aunque se piense lo contrario, Mou perteneció siempre a la corriente de los técnicos intervencionistas; aquellos que cambian conceptos desde la exigencia, educan a base de sacrificio y causan excelentes rendimientos en sus jugadores. El actual entrenador del Tottenham vive su presente de manera más estacionaria, quizás hasta inerte, como quien espera tranquilo la edad del retiro. A lo mejor, futbolísticamente Mourinho se hizo viejo y no nos damos cuenta, o incluso sea él mismo quien no se percate de tal realidad. A cada minuto que pasa, al entrenador lusitano se le notan algunos síntomas de una persona al borde de la intrascendencia: atribuirse el éxito, exculparse del fracaso y convertirse en biógrafo de sí mismo.

Hace poco fue el propio Mou quien, al ser cuestionado por su estancia en aquel hotel de Manchester durante su aventura en el United, se refirió a los huevos fritos y a la salchicha como una comida vulgar y despreciable al afirmar “es lo único que sé hacer”. Podría pensarse lo mismo de su fútbol, a fin de cuentas lleva rato sin preparar una buena salsa. Bien haría Mourinho en perfeccionar su libro de cocina en lugar de intentar una y otra vez la vieja receta de Oporto y Milán. Tampoco le vendría mal un poco de modestia para dejar de criticar los ingredientes y aceptar, aunque fuese refunfuñando y en privado, que ha perdido un tanto su toque. Puede que solo así, José nos vuelva a sorprender un día de estos con un platillo novedoso y recupere sus estrellas Michelin.

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